¿Quiénes son los Trascendidos?

¿Quiénes son los Trascendidos?

Los trascendidos son personas que tienen clara su misión en la vida, gracias a la visión que han tenido sobre la causa noble que deben servir. Teresa de Calcuta creía firmemente haber sido enviada para servir a los más pobres, a los abandonados, sobre todo ancianos que morían como perros en las calles de Calcuta.

En ellos veía a Cristo

Tienen los trascendidos una convicción tan profunda de su misión, que resisten cualquier obstáculo y perseveran no importa los sacrificios.

Se saben llamados de lo alto a realizar una tarea especial en la tierra. Están por encima del comportamiento llamado normal y no importa que sean zapateros, músicos, taxistas, astronautas, políticos, religiosos, científicos, hay algo que los define y es su conexión con el Ser, con esa fuerza o energía iluminadora que los transforma, los hace estar viendo cosas que los demás no vemos, o no queremos ver.

Los trascendidos

Son personas que viven en un nivel más profundo del Ser, donde están constantemente siendo iluminados por el Espíritu, sin eximirse de dudas, estrés, cansancio, tentaciones de bajar la intensidad de la lucha y quedarse en el estado de lo normal, lo rutinario y ser parte del montón de personas que no se comprometen a nada.

Ven con claridad, sin evitar los claroscuros de las crisis, que la meta es positiva, necesaria, que vale la pena darlo todo por alcanzarla. Los trascendidos son como Francisco de Asís que se retiraba a orar en lo apartado de las montañas para tener en silencio y soledad el ambiente adecuado para vivir lo trascendente.

Fue tal la intensidad de Francisco de su vivencia en el Monte Alverna, que sintiendo tanta compenetración con Jesús fue estigmatizado, experimentando las mismas llagas que el Crucificado. Era un trascendido herido por el amor, que llegó como Pablo a decir: ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.

Los trascendidos tienen hambre de eternidad

De vivir el misterio del Dios insondable que es infinito en misericordia, sabiduría, verdad y belleza. Buscan la soledad y el silencio sin dejar de vivir la cruda realidad. Saben estar consigo mismos e interiorizan como María Santísima, que guardaba todo en su corazón.

Ella desde niña se gozaba contemplando el misterio de Dios en el fondo de su alma y fue creciendo cultivando el hábito de oración profunda, pasando largo tiempo embebido su corazón en la fuente del amor, Dios nuestro Señor.

Los trascendidos saben buscar el tiempo y el momento para estar a los pies de Jesús como María, la hermana de Marta, contemplando el corazón amantísimo de Jesús, sabiendo que escogieron la mejor parte, la que no les será quitada.

Los trascendidos ven el mundo con la santa indiferencia

De los que son conscientes de que todo pasa, todo se gasta y envejece, y nada material produce auténtica felicidad y menos puede salvarnos. Están empeñados en su tarea de construir un mundo mejor y por eso tienen corazón samaritano, compadeciéndose de los que sufren y procurando aliviar su dolor ejerciendo el ministerio de la consolación.

Son capaces hasta de dar la vida por ayudar y defender a los más pobres y se gastan y desgastan sirviendo desinteresadamente a los más necesitados, viendo en ellos la presencia de Cristo Jesús. Son contemplativos en la acción evangelizadora y solidaria.

Ven más allá y captan los rostros sufrientes de Cristo, por ejemplo, en los niños de la calle, en los enfermos terminales, en los privados de libertad, en los drogadictos, en los que tienen trastornos mentales, en los excluidos.

Los trascendidos pueden alcanzar las cumbres de la contemplación, de estados místicos que no están reservados para algunos privilegiados. Cualquier cristiano que ahonde con fe en la oración y dedique tiempo y energía a vivir en su interior, puede llegar a estados profundos de oración.

El padre Ignacio Larrañaga nos narra una de esas experiencias en su libro La Rosa y el Fuego.

Había pasado ya una hora en silencio y oración:

“Después, concentrado, tranquilo, comencé a repetir la inefable invocación! Abbá, papá querido!

Innumerables veces la repetí, cada vez con mayor concentración; y desde el fondo de la eternidad poco a poco fue emergiendo el Padre con una mirada amorosa, envolviéndome con un amor sin medidas ni controles… y yo vivía una intimidad total en que yo había sido asumido en sus seno como en un océano.

La ternura y la confianza levantaron el vuelo para lanzarme en el vértigo, en el seno profundo de la presencia amorosa. ¡Oh, Papá querido!”.

Todos podemos con nuestras grandes limitaciones humanas ir trascendiendo lentamente en el Dios misericordioso y ser invencibles.


Autor: Rómulo Emiliani | Diario La Prensa Honduras