Tesoros ocultos del río Magdalena — Colombia

río Magdalena
río Magdalena

Si no fuera por esa fama tan extendida de ser pueblo de brujas, uno se quedaría a dormir feliz en La Jagua, en el centro del Huila. Una fama bien ganada, hay que decirlo: en la calle al frente de la iglesia parroquial, cruzando el parque principal, hay grabada con adoquines la imagen de una montada en una escoba. Es el sitio exacto donde en 1886 iban a quemar a una de ellas.

Es pequeño, con casas blancas de un piso que tienen techos de teja, puertas y ventanas de madera, casi todas con jardines floridos, en medio de estrechas calles empedradas. Está a cinco kilómetros del municipio de Garzón, por la carretera que va a Pitalito, y desde lejos apenas se distingue por un avisito en la vía y porque la torre de su iglesia sobresale entre los árboles, que crecen desde hace uno o dos siglos a orillas del río Magdalena.

Aquella bruja se escapó de morir porque el pueblo intercedió, pero cuentan que estuvo todo el día amarrada a un palo, sometida a insultos y vejámenes físicos de las autoridades. José Sánchez, quien les ha seguido la pista rastreando en escritos y en la tradición oral, relata que las más terribles brujas fueron Ramona Téllez, Verónica Rangel y Silveria Torres, esta última, quien no respetó ni al cura del pueblo, al que en 1936 le echó un maleficio que le produjo una llaga en la cara de la que le salían gusanos.

El pueblito es fascinante por esas leyendas, porque se descubre que algunas no eran tan malas como se cree: muchas fueron calificadas como tal solo porque conocían secretos sobre las plantas heredados de los indígenas y hubo otras que en la Guerra de los Mil Días sirvieron de mensajeras gracias a que podían volar sobre las tropas enemigas (de ahí aquello de “correo de las brujas”).

Pero también fascina por su arquitectura, por la casa donde vivió el sabio Caldas mientras hacía investigaciones científicas en el siglo XVIII, por sus playas junto al río donde se hacen paseos de olla… Sin embargo, este lugar está hoy acechado por algo peor que la hechicería, aseguran muchos de sus habitantes.

La Jagua pertenece a una estirpe de pueblos huilenses a orillas del Magdalena con arquitecturas llenas de detalles y personajes de fantasía: el municipio de Elías, con su iglesia, altar y confesionarios tallados en madera por Aristides Sánchez, campesino de la vereda Las Limas; o Naranjal, corregimiento de Timaná que posee una iglesia redonda de estilo románico construida con planos dibujados en Italia.

También están Saladoblanco y Gigante, con ceibas sembradas hace 150 años como homenaje a la libertad de los esclavos; Paicol con su iglesia de 1870, calles en piedra y sitios para deportes extremos; Yaguará y su malecón al pie de la represa Betania; Villavieja, camino al desierto de la Tatacoa, que parece anclado siglos atrás.

Casi todos son pueblos poco visitados y, por eso mismo, la primera joya por descubrir en un recorrido bajando el curso del ya impresionante río Magdalena.

El cañón del Magdalena

El río nace en el páramo de las Papas, a 3.685 metros sobre el nivel del mar, en el Macizo Colombiano (cuna, además, del Cauca, el Patía, Putumayo y Caquetá). Desciende raudo entre las cordilleras Central y Oriental, en medio de riscos y pendientes que forman un cañón profundo habitado 3.000 años antes de la llegada de los españoles.

Vigilando el río que corre entre esas montañas está la diosa de La Chaquira, deidad indígena guardiana de las aguas. Está grabada en piedra y hace parte del complejo arqueológico de los municipios de San Agustín y San José de Isnos, patrimonio cultural de la Humanidad.

Sobre ese cañón majestuoso pesa una amenaza: el Plan Maestro de Aprovechamiento del Río Magdalena, elaborado por Hydrochina, compañía estatal de ese país, que propone devolver la navegación pesada al río, construir varios embalses para producir energía eléctrica y desarrollar proyectos en el Macizo (ver recuadro).

Ese es el temor que hay en La Jagua, afectado por la construcción de la hidroeléctrica El Quimbo, propiedad de la compañía colombiana Emgesa, controlada a su vez por el grupo italiano Endesa. El Quimbo tiene buena reputación entre las clases dirigentes, pero pésima entre las comunidades pues se denuncian muchos atropellos.

“La transnacional compró las cinco fincas en las que trabajaba casi todo el pueblo para inundarlas. Somos 320 familias, 2.500 habitantes, que quedamos sin trabajo. Dependíamos para la pesca en el río y eso está limitado. Fuimos desplazados por el Estado y la transnacional, peor que si hubiera sido la guerrilla”, asegura Alexánder Naranjo, líder de Asoquimbo en La Jagua, el movimiento de resistencia a ese proyecto. Eso causa más miedo que cualquier brujería.

La Ambalema tabacalera

En el Tolima no se percibe preocupación frente a las represas, sencillamente porque no tienen información. Muchos líderes comunitarios no saben del plan, el cual propone una hidroeléctrica en Ambalema, epicentro agroindustrial.

En el siglo XIX, este municipio fue pujante gracias al tabaco que comercializaron alemanes, ingleses y colombianos. “Empezó a conocerse en 1780 con la actividad tabaquera. Alcanzó su gran crecimiento hacia 1840 con la exportación de la hoja básicamente a Bremen y Londres. Eso duró más o menos hasta 1885 y trajo gran desarrollo a la localidad”, cuenta el bio-geógrafo Julio Enrique Flórez.

El crecimiento económico dinamizó la navegación a vapor por el Magdalena y llevó a que el pueblo desarrollara una particular arquitectura de edificaciones de techos altos y columnas de madera. Lástima que la Casa Inglesa se esté cayendo y que la plata que dicen que se ha invertido en recuperarla no se vea, pero la restaurada estación del ferrocarril y las casas del centro, bien valen armar viaje para allá. Y ni se diga de lo que es pasar el río en el viejo ferry Omayra, toda una experiencia.

Mariquita y Honda

Para probar frutas raras debe ir a Mariquita, en el norte del Tolima. Allí puede ensayar un jugo de arándanos, de asaí (fruta amazónica) o de mangostino (la fruta asiática “de los reyes”, que también se come en helado). O degustar limonada de lychee. O si prefiere, para ese calor, beber un granizado de acerola.

Si no está para líquidos, consúmalas solas. Después de probarlas le va a parecer que los salpicones tradicionales, el helado con brownie caliente o las costosas copas que venden en lujosas heladerías son unas delicias, pero demasiado comunes para usted.

A la vieja ciudad de Honda, a media hora de la anterior, hay que ir y detenerse. “La ciudad de los puentes”, como se conoce, tiene su propio tesoro: la zona antigua. Sus edificaciones hablan de la historia misma de Colombia ya que reflejan diferentes momentos de la vida nacional, del poderío del comercio local durante tres siglos, y son magníficas como las de Mompox o Cartagena.

Están, por ejemplo, la plaza de mercado que antes fue convento, el paseo Bolívar con casas coloniales perfectamente conservadas, la catedral de Nuestra Señora del Rosario construida en 1652, las cuestas y callejones copiadas de la Andalucía española, el barrio El Retiro donde funcionó el elegante burdel de La Pilda, las casas del Virrey y de los Conquistadores, y el legendario Puente Navarro, sobre el Magdalena, comprado en Estados Unidos a la compañía que hizo el puente colgante de San Francisco. No en vano, este es uno de los pueblos patrimonio de Colombia.


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