Adivina mi edad o te quito todo

Adivina mi edad o te quito todo, InfoMistico.com

Era un hombre que estaba en el monte, cerca de una peña, y de pronto se le apareció el Diablo, él mismo en persona, así como es él. El hombre no tuvo miedo porque lo conocía.

Cuentos y Fábulas — Deberás adivinar mi edad o te quito todo

Una vez lo había visto en un sueño y eran exactamente iguales, cortados con la misma tijera: ni alto ni bajo, el pelo chamuscado, los cuernos puntiagudos, la cola rabona y las patas de chivo.

—Señor, quiero hacer un pacto con usted —dijo el Diablo, y preguntó—: ¿Qué le parece?

—Vamos a ver de qué se trata —contestó el hombre.

—Se trata de que usted será riquísimo, mucho más rico que el Presidente. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Tendrá un palacio, carruajes. Lo que quiera. ¿Qué le parece?

—Me parece bien, ¿y?

—Si todo le parece bien, ¿por qué no hacemos un pacto?

— ¿Y cuál es el pacto?

Deberá adivinarme la edad

—Usted tendrá lo prometido y mucho más, pero deberá adivinarme la edad en un plazo de veinte años. Si adivina, queda libre y dueño de esa inmensa riqueza, y si no adivina será mi esclavo. ¿Qué le parece? ¿Está de acuerdo?

—Sí, estoy de acuerdo.

El Diablo le entregó un papel y dijo:

—Lea y firme.

— ¿Para qué voy a leer, si no sé? Firmar, sí. Y, con la pluma que le dio el Diablo, firmó. La firma era una espiral que terminaba en un punto.

El Diablo guardó el papel y dijo:

—Dentro de veinte años, justo a la medianoche nos encontraremos aquí, en este peñón. Yo soy puntual en las citas.

—Yo también —respondió el hombre.

El Diablo lo miró con una mirada filosa y desapareció.

Cuando el hombre llegó a su rancho, el rancho no estaba

En su lugar había un palacio todo iluminado y un gentío con uniforme subiendo y bajando escaleras. El hombre tampoco se reconoció. Era otro. En vez de alpargatas tenía botas.

También, sin darse cuenta, le habían cambiado el sombrero y el poncho por un sombrero aludo y un poncho listado. Nuevos, flamantes. Le aparecieron de golpe cuatro anillos, dos en cada mano, y de oro.

El personal de servicio estaba vestido de punta en blanco

Los hombres con guantes, zapatos de charol, pantalón gris, una chaqueta azul con alamares y botones dorados. Parecían generales en un día de desfile. Y las mujeres con guantes, zapatos de charol, blusa rosada y pollera negra. El mismo peinado y la misma sonrisa.

Cuando el hombre entró en el palacio, un caballero de barba que parecía el patrón de los uniformados dijo inclinando la cabeza:

—Señor, lo acompañarán a los aposentos.

—Perfecto —contestó el hombre.

—Pero antes deseo saber qué le apetece para el almuerzo.

— ¿Desea saber qué?

—Qué ordeno para su almuerzo.

—Un guisado completo, que no le falte nada.

— ¿Y de postre?

—Queso y dulce. Mantecoso y batata, preferiblemente.

— ¿Y para beber?

—Tinto y soda.

Lo que llamaban aposentos era la exageración de lo increíble

Una cama donde podía dormir y soñar cómodamente una familia entera. Tenía un acolchado con pinturas de pájaros y flores. Almohadas y almohadones mullidos con bordados y encajes.

«Para dormir en esta cama —pensaba el hombre— hay que bañarse todos los días y usar un camisón que esté a la altura de las sábanas».

De las paredes colgaban tantos tapices, espejos y cuadros que no alcanzaban los ojos para verlos. Mesas recién lustradas con incrustaciones de nácar y piedras preciosas. Sillones y sillas del mismo color y sin fundas, como si esperaran visitas de importancia.

«Así serán los aposentos de los emperadores y los reyes,» pensó el hombre.

Ese día lo pasó de asombro en asombro

Comió su guisado completo con vino y soda y un abundante postre, casi doble ración. Después durmió una larga siesta. Después paseó por el parque.

Lo acompañaban unos perros finísimos y tan bien educados que a ninguno se le ocurrió olfatear ni levantar una pata frente al tronco de un árbol. Al contrario. Pasaban muy orgullosos sin mirarlo.

Un pobre se acostumbra en poco tiempo a ser rico

A veces en una semana, a veces en unas horas. En cambio, un rico no se acostumbra jamás a ser pobre. Ni en treinta, ni en cincuenta años. El caso es que el hombre que firmó el pacto con el Diablo se acostumbró en minutos a ser rico, en un abrir y cerrar de ojos.

Le gustó el buen comer, el dormir a pata suelta, el trato que le daba la gente, y mandar, sobre todo mandar y que le obedecieran. Se sentía tremendamente feliz. Hasta se había olvidado del Diablo.

En un lujoso transatlántico cruzó el océano y paseó por Europa, alojándose en hoteles de primera categoría. Conoció a reyes, sultanes, banqueros y embajadores, y pasó unos días con el Papa en su palacete de Roma. Vivió así, como un duque, sin darse cuenta de que pasaban los años.

Se casó

La mujer era joven y hermosa, y él tan dichoso que el tiempo se le iba volando. A veces creía que era ayer y era pasado mañana.

Una noche de tormenta se desveló. No podía conciliar el sueño, y mientras contaba ovejas para dormirse recordó la cita con el Diablo. Además, para no olvidarse, tenía escondido en la mesa de luz un cartón misterioso con números y dibujos que solamente él podía descifrarlo:

“El veinticinco de abril de mil novecientos noventa a las doce de la noche con el Diablo en el monte cerca del peñón”

Una tarde, el 15 de octubre de 1989, al abrir el cajón de la mesa de luz, se encontró con el cartoncito. Sacó cuentas con los dedos y se pegó un enorme julepe. Fue la primera vez que sintió tanto miedo, un miedo atroz, con frío y sudor en las palmas de las manos.

«Me quedan solamente seis meses y diez días. No hay tiempo que perder», se dijo.

Y salió a buscar la edad del Diablo

Fue un viaje enloquecedor. Todo avión. Estuvo en Bolivia, nada. Nada en Ecuador. Nada en Venezuela. En México se enteró de que el primer Diablo llegó a América con Cristóbal Colón y el ajetreo de la carabela y los olores de a bordo le hicieron perder la memoria.

Fue a Estados Unidos y un economista lo envió a la capital asegurándole que un grupo de diablos se reunía en una casa pintada de blanco.

Allí no consiguió ninguna información y lo enviaron a Inglaterra para que viera en Londres a una metálica Diablesa, y ella le dijo: «De años no sé, ni pregunto; trato de ocultar los míos».

Estuvo en China, en la India, y no lo conocían

En Persia se entrevistó con un matemático, que le dijo: «Tiene tantos años que no alcanzan los números para contarlos». En Alemania le dijo un filósofo: «Cuando nació estaba creado. Por lo tanto, no tiene edad». En Francia un quiromántico le dijo «De tanto apantallar fuego se le borró la edad en las líneas de las manos».

Y regresó totalmente desconsolado. Había recorrido el mundo y nadie supo decirle la edad del Diablo. Ni magos, ni sabios, ni adivinos, ni brujos. Nadie. La noche de la cita se acercaba.

Pasaron Navidad y Fin de Año, pasaron Reyes y Carnaval. Y nada. El hombre cada vez más triste, más pálido y ojeroso. Y cuando faltaban apenas dos días el hombre le revela el secreto a su mujer:

—Te voy a contar lo que me ha sucedido. Todas nuestras riquezas se las debo al Diablo. El me dio dinero y poder a cambio de que le adivine la edad en un plazo de veinte años, y si no la adivino seré su esclavo. Sólo faltan dos días para que se cumpla el plazo. Estoy perdido.

—No te preocupes —respondió la mujer—. Yo voy a solucionar este problema. Es muy sencillo.

— ¿Sencillo?

—Sí, muy sencillo. Déjalo por mi cuenta.

— ¿Pero cómo le vas a adivinar la edad al Diablo en dos días si yo en veinte años no he podido?

—Tranquilo. Vas a ver. Primero hay que cazar pájaros. Todo el personal del palacio debe ir a cazar pájaros. Cuantos más traigan, mejor.

—Sí, ¿y después?

—Después, ya verás.

Todo el personal salió en busca de pájaros

Regresaron con las jaulas llenas. —Ahora hay que matarlos y quitarles las plumas —ordenó la mujer.

Los mataron y les quitaron las plumas.

—Ahora hay que poner las plumas en un tanque.

Pusieron las plumas en un tanque.

—Ahora hay que traer varios frascos de miel.

Trajeron varios frascos de miel.

—Ahora hay que volcar la miel en otro tanque.

La mujer se quitó la ropa, los zapatos, las medias y se metió desnuda en un tanque. Se cubrió con miel desde la punta del pelo hasta la punta del pie y pasó al otro tanque y empezó a dar vueltas y vueltas, a revolcarse como una cobra, y salió hecha un plumero.

—Ahora vamos al lugar de la cita.

El hombre la llevó al monte y se detuvieron frente a una peña

Ahí se quedó ella, inmóvil. Parecía una estatua. Ni estornudaba por no perder una pluma. El hombre se escondió detrás de un árbol y justo a la medianoche se escucha un trueno, un ruido tremendioso como si se resquebrajara y izas! se presenta el Diablo.

Da un salto y al encontrarse con un pájaro tan extraño se sorprende y se pregunta: ¿Qué pájaro será este pájaro?».

Retrocede y lo observa detenidamente

«Nandú no es —dice—; gallareta no es; tampoco es garza ni gavilán.» Y empieza a dar vueltas alrededor del pájaro con más colores que el arcoiris. Va calladito, calladito. Se detiene, se acerca, lo mira bien y vuelve a preguntarse:

«¿Dónde tendrá el pico y qué comerá este pájaro?». Lo toca por un sitio y huele. «¡Puff! Este pájaro sí que tiene el pico blandito y hediondo. ¿Qué comerá este pájaro?» Y pregunta en alta voz:

— ¿Qué comes? Decíme: ¿qué comes?

Entonces el pájaro, la mujer, responde:

—Jua gua… Jua gua.

— ¡Caramba! —exclama el Diablo—. En mis cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años jamás me había encontrado con un pájaro tan raro y que comiera juaguá.

Y mientras la mujer se iba dando saltos, el hombre subió a la peña y se quedó esperando. El Diablo lo reconoció y dijo:

—Puntual. Acaban de dar las doce.

—Usted también fue puntual —respondió el hombre.

— ¿Adivinó?

—Cuatrocientos ochenta y cinco mil quinientos cuarenta y seis años.

—Ni uno más ni uno menos —dijo el Diablo.

Y desapareció.

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