La Universidad de Harvard es probablemente la institución académica más prestigiosa del mundo. Oprah Winfrey ha sido catalogada más de una vez como una de las mujeres más exitosas del mundo. Por lo tanto, fue sumamente apropiado que ella tuviera el honor de dar el discurso de graduación a algunos de los estudiantes más selectos de Estados Unidos. Pero lo que fue realmente extraordinario fue el tema que Oprah escogió para su discurso.

El Fracaso

Ante un grupo que tiene el éxito en la vida prácticamente asegurado, Oprah resaltó la necesidad de entender el mensaje del fracaso.

“Si están constantemente empujándose más y más alto, la ley de probabilidades —por no mencionar el mito de Ícaro— predice que en cierto punto fallarán. Y cuando lo hagan, quiero que sepan esto, que recuerden esto: No existe el fracaso. El fracaso es solamente la vida que trata de llevarnos en otra dirección”.

Las palabras de Oprah resuenan en mí con un poder especial. Como rabino por más de medio siglo, he llegado a captar esto como una verdad fundamental en las vidas de muchas personas a quienes he aconsejado, y más significativamente en mi propia vida. Obviamente el fracaso de cualquier tipo nunca es agradable. Viene vestido con dolor. Requiere tiempo para curarse. Pero invariablemente, el fracaso viene acompañado de propósito. Como dice Malcom Forbes, “El fracaso es éxito si aprendemos de él”.

S.I. Hayakawa, el distinguido ex-senador estadounidense de California y un especialista en semántica, nos alertó sobre una importantísima distinción entre dos palabras que la mayoría de nosotros asume como idénticas: “Noten la diferencia entre lo que ocurre cuando una persona se dice a sí misma, ‘He fallado tres veces’, y cuando dice, ‘Soy un fracaso'”. Pensar sobre ti mismo como un fracaso es crear una auto-imagen perpetua de perdedor.

El fracaso solamente se convierte en un problema serio cuando lo mezclamos con nuestra identidad.

W.C. Fields sugirió, “Si al principio no tienes éxito, intenta, intenta otra vez. Luego ríndete. No tiene caso ser un tonto”. Pero W.C. Fields no era un filósofo, sino que era un comediante que no podía renunciar… al menos en lo que se refiere a beber y destruirse a sí mismo. Sin embargo el Talmud sabiamente nos ordena que recordemos que “Si alguien te dice: he luchado vigorosamente y no he prevalecido, no le creas” (Meguilá 6b). No podemos esperar no fallar nunca; eso es imposible. Lo que sí podemos hacer es continuar levantándonos cada vez que caemos, lo cual nos garantizará el éxito. Como dijo el Rey Salomón, “Una persona justa cae siete veces y se levanta” (Proverbios, 24:16).

Si aprendes de tu experiencia, si tu fracaso te inspira para superarte a ti mismo y hacerlo mejor la próxima vez, si entiendes que el fracaso es meramente un evento momentáneo pero que nunca define a una persona, entonces eres un alumno de la mejor escuela del mundo y tu fracaso fue la colegiatura que pagaste por tu eventual éxito.

A todos nos encanta categorizar a las personas, y usualmente las clasificamos en una de dos características claramente diferentes.

Las personas son flacas o gordas, introvertidas o extrovertidas, optimistas o pesimistas, serias o graciosas. Esto genera estereotipos que no son completamente precisos. Sin embargo, hay una división de las personas que Benjamín Barber, un cientista político de la Universidad de Rutgers, enseña que puede resumir una verdad definitiva sobre la conducta humana. Le preguntaron a Barber cuál era su opinión sobre la típica división de personas entre exitosos y fracasados. Su respuesta no sólo merece ser citada, sino que debiese ser memorizada por cada uno de nosotros:

Yo no divido al mundo entre débiles y fuertes, entre exitosos y fracasados, entre quienes lo logran y quienes no. Ni siquiera divido al mundo entre los extrovertidos y los introvertidos, entre quienes escuchan la voz interna o quienes escuchan la voz externa, porque todos escuchamos un poco de las dos.

Yo divido al mundo en aprendices y no aprendices

Hay personas que aprenden, que están abiertas a captar lo que ocurre a su alrededor, que escuchan, que oyen las lecciones. Cuando hacen algo estúpido, no lo repiten. Cuando hacen algo que funciona, lo hacen mejor y más fuerte la próxima vez.

La pregunta que debemos hacernos no es si somos un éxito o un fracaso, sino que si somos un aprendiz o no. Si pudiera resumir lo que él dijo en una sola frase, sería esta: “Si aprendemos de una experiencia, no existe el fracaso”.

En términos judíos, esta idea aparece expresada en el término que usamos para referirnos a la persona más venerada y respetada. Es un talmid jajam. No simplemente un jajam —una persona sabia—, sino un estudiante de sabiduría, alguien que continúa aprendiendo de sus estudios y experiencias.

Mi mayor vergüenza

El mensaje de Oprah a los graduados de Harvard resonó con una verdad bíblica. El primero de nuestros patriarcas, Abraham, fue sometido a 10 pruebas. Los comentaristas de la Torá indican que la palabra en hebreo para prueba, nisayón, está relacionada a la misma raíz que la palabra para ‘levantado’ o ‘elevado’: la habilidad de superar obstáculos, sobrevivir fracasos y aprender de ellos es lo que nos hace crecer espiritualmente y nos permite elevarnos a alturas incluso mayores como seres humanos.

Y desde una perspectiva personal, fue particularmente significativo para mí que Oprah resaltara la potencial bendición del fracaso en una ceremonia de graduación, porque fue precisamente en una ceremonia de graduación donde yo aprendí el significado del fracaso por primera vez.

Nunca olvidaré mi momento de mayor vergüenza

En la ceremonia de graduación de la escuela primaria presentamos una obra teatral. Como recompensa por logro académico, me concedieron el papel principal. Mi emoción no tenía límites. Yo iba a representar a Moshé. No podía haber honor más grande. Practiqué mi papel fielmente. Lo memoricé perfectamente y en los ensayos lo desempeñé sin fallas.

¿Pueden imaginarse lo que fue para mí cuando me quedé paralizado frente a toda la audiencia? Ser el centro de atención era algo extraño para mí y comencé a tartamudear y a equivocarme. Me sentía mal por mi fracaso y no podía esperar a que acabara la presentación. ¿Cómo podría volver a enfrentar a mi familia y amigos a quienes había decepcionado tan profundamente?

Apenas acabó la obra el director de la escuela se levantó y agradeció a todos. En total conmoción y sorpresa lo escuché referirse a mí en alabanza:

“Todos sabemos que Moshé tenía un defecto de habla y que tartamudeaba, por lo que le agradecemos especialmente a Benjamín Blech, la estrella del espectáculo, quien representó a Moshé de forma tan realista”.

Cualquier éxito que tenga hoy en día como orador proviene de mi primer fracaso, un fracaso que un hombre muy sabio me ayudó a convertir en una bendición de confianza y éxito.


por Rav Benjamín Blech







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