Zendo — El Camino del Zen

Zendo
Una de las aportaciones de Oriente a la sabiduría universal es el Zendo, el Camino del Zen. Educa para estar plenamente en lo que se hace: “Pasar el río sin mojarse los pies significa hacer las cosas sin ser prisionero de ellas”, aconseja Liang Chieh.

Es una manera de ver el mundo y de vivir estando aquí y ahora, trascendiendo la propia personalidad y las ataduras del ego, como se apaga una luz para mirar a través de los cristales.

“Mañana” no es una realidad, sino una hipótesis; “ayer” tampoco existe, si acaso memoria que puede activar el recuerdo (pasar otra vez por el corazón); tan sólo son reales “aquí” y “ahora”. No hay mañana, y hoy puede ser siempre, todavía.

El discípulo, cuando tiene hambre, come; cuando tiene sed, bebe; cuando tiene sueño, duerme; cuando está cansado, se sienta. El Maestro Zen, cuando come, come; cuando bebe, bebe; cuando duerme, duerme; cuando descansa, descansa. Como Miguel de Unamuno apuntó, las cosas fueron primero, su para qué, después.

Al despertar y adquirir la mentalidad Zen, se exclama: “¡Qué maravilla, qué misterioso! Llevo leña, subo agua”. Y, en otro lugar, “Sentado tranquilamente, la primavera viene, la hierba crece”.

El Zen se originó en China, hacia el siglo VI, al encuentro del budismo Mahayana, originario de India, con el Taoísmo. Se tradujeron las obras budistas al chino, su implantación duró unos tres siglos y dio lugar al Ch’ang que corresponde al concepto sánscrito de Dhyana, contemplación. Los signos chinos para nombrarlo significan “a solas con el Cielo”.

Siglos más tarde, al llegar a Japón con el patriarca Dogen, los mismos signos o kanyis se pronunciarán Zen. Después de años de peregrinar por monasterios de China, practicando el Zen, resumió lo que había aprendido: “Los ojos son horizontales, la nariz es recta”.

El fundador del Zen en China es el legendario Bodhidarma.

El Zen no es ni una religión ni una filosofía, es una actitud existencial de concentración en lo que está pasando, y de asombro ante las cosas corrientes de la vida. Por medio de la meditación, con la postura correcta y la respiración adecuada, se alcanza la experiencia del despertar, o satori.

Sin pensar en nada, dejando circular los pensamientos “como las nubes que acarician la montaña”. Sin acogerlos ni rechazarlos, dejarlos ir. El satori es la percepción inmediata de la realidad, que ilumina la naturaleza de las cosas y supera todo dualismo. Es la realización de la visión advaita, no dualista aportada por India.

Todas las cosas son unidad “empty oneness”, unidad vacía.

La meditación ni cierra ni atrofia los sentidos sino que los agudiza y hace más sutiles y delicados. Pero, una vez más, el que sabe no habla, el que habla no sabe.

— Espacio abierto, nada de sagrado, respondió Bodhidarma al emperador a quien censuró por buscar el mérito de las acciones. Las cosas son como son.
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Vía » ellibrepensador.com