Un golpe de Navidad

Un golpe de Navidad – Reflexiones sobre Dios

Pablo era un niño común. Iba al colegio, jugaba con sus amigos, trepaba a los árboles, corría con su perra. Hacía todo lo que hacen los niños de su edad. Pablo vivía con sus padres, Carlos y Marta. Y con sus hermanos, Juan y Natalia.

Un golpe de Navidad — Reflexiones sobre Dios

Todo era tranquilo y alegre en la vida de Pablo. Pero de pronto, cerca de fin de año, su vida cambió; y no fue precisamente para bien…

Los días dejaron de ser alegres y divertidos. Pablo dejó de reírse, casi no jugaba con sus amigos y en la escuela estaba muy distraído. La maestra vivía reclamándole que prestara atención, y casi siempre terminaba poniéndole malas notas.

La vida de Pablo era cada día más triste.

Aunque parezca raro, el problema comenzó cuando Carlos, su papá, pudo estar más tiempo con la familia. Carlos se quedaba en la casa y pasaba más tiempo junto a Pablo, su mamá y sus hermanos. Pero en vez de alegría, había tristeza, mal humor y constantes peleas.

¿Cómo puede ser esto…? ¿Acaso a todos los chicos no les gusta que sus padres estén más tiempo con ellos? ¿Acaso no quieren que sus padres jueguen con ellos, que los mimen, los abracen, y los ayuden con la tarea? ¿Cómo puede ser que cuando el papá estuvo más tiempo con ellos la vida empeoró?

¡Alto!

No se les ocurra pensar que Pablo y sus hermanos no querían a su papá. Tampoco crean que su papá no los quería a ellos. ¡No! ¡De ninguna manera! Carlos amaba a su esposa y a sus hijos. Pero algo no lo dejaba en paz…

Pensando, Pablo recordó que una noche, su papá llegó a su casa más cansado que de costumbre. Ni quería hablar. Pablo pensó: ¿Quizá le duela la espalda… o la cabeza?…

Después de cenar, con lágrimas en los ojos, su papá les contó que se quedó sin trabajo…

Pablo no entendía bien por qué su papá tenía lágrimas en los ojos. Luego pensó: — “Debe ser por la alegría que tiene. ¡Ahora no va a tener que levantarse temprano!

¡Podrá descansar y vamos a tener más tiempo para estar juntos, pasear, jugar, leer…!”

Los hermanitos de Pablo, Juan y Natalia, tampoco entendían mucho lo que pasaba. Es más, sólo pensaban en que ahora, su papá, estaría más tiempo con ellos. ¡Que los podría llevar al colegio! O que por fin, como su papá solía decir, podrían almorzar todos juntos…

Los primeros días que Carlos estuvo sin trabajo todo iba bien

Hasta parecía que a Carlos le gustaba su nueva vida. Salía temprano a buscar trabajo. Después de almorzar en familia acompañaba a Pablo y a sus hermanos al colegio. Ayudaba a su esposa con las cosas de la casa. Y hasta le quedaba tiempo para dormir una siesta.

Claro que, cuando Carlos pensaba en el trabajo, se ponía triste y terminaba enojándose. Extrañaba su trabajo, sus compañeros. Y le preocupaba mucho no poder traer dinero a su casa. Pero, la vida seguía con normalidad.

Pasó el tiempo, el papá de Pablo no conseguía trabajo, y la vida se complicó. Los problemas empezaban temprano… Carlos ya no quería levantarse para ir a buscar trabajo. Marta, la mamá de Pablo, se enojaba mucho, comenzaba a gritar, y Carlos respondía con gritos aún más fuertes…

Así, a los gritos, los papás despertaban a Pablo y sus hermanos para que se levanten y colaboren con las cosas de la casa. Marta, enojada, golpeaba puertas y ollas y repetía una y otra vez –“sola no puedo”. Carlos, con más gritos y golpes, respondía que él ya no sabía qué hacer, que no era su culpa estar sin trabajo… Así pasaba el día, gritos, quejas, peleas…

Las cosas empeoraron aún más

Carlos comenzó a tomar mucho vino. Él ya no acompañaba a sus hijos al colegio, ni jugaba con ellos, ni colaboraba con las cosas de la casa. Marta vivía enojada, reprochando a Carlos que no hacía nada. El almacenero y el carnicero ya no les querían fiar. Y la comida y la ropa escaseaban cada día más.

Fue así que la vida de Pablo y sus hermanos se volvieron tristes, muy tristes. Ellos ya no jugaban con sus amigos, caminaban sin mirar a la gente a la cara, y vivían asustados por los gritos y peleas de sus padres…

Pablo, que era el mayor de los hermanos, quería ayudar a su papá. Él quería hacer algo para alegrarlo, para recibir un abrazo. Pablo también quería ver feliz a su mamá. Él quería verla de nuevo cantando mientras cocinaba, abrazándolos fuerte cuando volvían del colegio, o despertándolos a la mañana con un beso.

Pablo quería estas y otras cosas, pero muchas veces todo lo que obtenía de sus padres era un reto, una penitencia, y a veces hasta un golpe…

Una tarde, luego de una gran pelea de sus padres, Pablo acompañó a sus hermanos al colegio, pero no entró. Se quedó en la vereda haciendo que jugaba, y cuando el portero y las maestras se descuidaron, se fue corriendo…

Pablo corrió, corrió, y corrió…

Tenía muchas cosas dentro de su corazón que lo impulsaban a correr más, y más. Corría tanto y tan rápido que en una esquina chocó con un hombre que venía apurado y en sentido contrario… los dos fueron a parar al piso…

¡Hay! ¡Qué dolor! ¡Cuántos raspones y torceduras! Pero, más allá del golpe, lo que más le dolía a Pablo era el corazón…

De pronto sintió que lo acariciaban. Hacía mucho que nadie lo acariciaba. Levantó la vista y se encontró con aquel rostro tan amable.

Una voz suave, le preguntó: — “¿Te golpeaste fuerte…? ¿Te duele mucho…?” Y Pablo se largó a llorar. Y lloró, lloró mucho. Lloró porque le dolía el golpe y las raspaduras. Pero más que nada lloró por sus hermanos, por su mamá, y… por su papá.

Al ver que Pablo lloraba tanto, aquél hombre lo abrazó. Y lo abrazó con cuidado pero con firmeza, como cuando alguien protege entre sus brazos algo frágil, algo que se puede romper.

Fueron minutos, quizá segundos, pero Pablo extrañaba tanto esos abrazos, que luego de llorar y desahogarse, terminó sonriendo. Mientras se levantaban del suelo, el hombre le preguntó a Pablo por qué corría tan fuerte, y qué le pasaba que lloraba de esa manera. Entonces, Pablo, le contó lo que sucedía en su familia…

Aquel hombre le contó a Pablo que él iba apurado porque tenía que llegar a tiempo para terminar un trámite. Quería abrir su nuevo negocio antes de Navidad, y tenía que entrevistar a quienes serían sus empleados. ..

Adivinen qué…

¡Carlos consiguió trabajo…!

Ahora está muy, pero muy contento con su nuevo trabajo. Marta, la mamá de Pablo, está mucho más tranquila, más alegre, y hasta volvió a cantar mientras cocina. Pablo, Juan y Natalia juegan y sonríen como en los mejores momentos…

Algunos dicen que el choque de Pablo con aquel buen hombre fue casualidad. Otros explican que fue cuestión de suerte. Y hasta hay quienes aseguran que esto ocurrió porque es un cuento y sólo en los cuentos pasan estas cosas. Pero yo, Pablo, les aseguro que el choque ocurrió porque Dios puso a alguien en mi camino.

Este buen hombre no sólo nos ayudó con un trabajo para mi papá. También nos habló de Jesucristo. Nos contó de su gran amor. Nos explicó que en la primera Navidad Jesucristo vino al mundo para cambiar nuestra vida. Para darnos perdón y esperanza.

Entonces comprendimos que Dios quiere ayudarnos, protegernos, alentarnos. Comenzamos a confiar en Él…

Yo, Pablo, les aseguro que lo sucedido fue obra de Dios, porque luego, cuando con mi familia leímos la Biblia, descubrimos promesas como éstas:

“Pueden confiar en Dios, que no los dejará sufrir pruebas más duras de lo que pueden soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios les dará también la manera de salir de ella.”

Qué más les puedo decir, esa Navidad fue especial

Comprendí que Dios me ama, y cuando uno comprende que Dios lo ama, la vida pasa a ser especial. Ustedes también pueden tener una Navidad especial, y una vida mejor. Dios los ama y pone personas y hechos para invitarlos a confiar en Él y a disfrutar de su amor.

Los tengo que dejar. Mi familia me está esperando. Vamos a darle muchas gracias a Dios y después vamos a celebrar la Navidad comiendo juntos y felices. Amigos, me despido deseándoles que tengan una ¡Feliz Navidad! Una Navidad donde reine el amor, la esperanza, y sobre todo, la confianza en Dios.

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