El Templo está formado por varios edificios decorados y en uno de ellos se encuentra la escultura de madera de los Tres Monos de Nikkô, conocidos como (de derecha a izquierda): Mizaru (el que no ve), Iwazaru (el que no habla) y Kikazaru (el que no escucha).

En sus paredes hay 8 paneles esculpidos por Hidari Jingoro (1594-1634). Jingoro represento el código de conducta de Confucio en una historia de monos sobre el ciclo de vida humana. El más famoso y fotografiado es el de los 3 Monos sabios. De todas maneras los 3 monos aparecieron en las piedras de Koshin tal vez un siglo antes de las creaciones de Jigoro.

Leyenda de los tres monos sabios

Cierta vez, cuando los dioses estaban muy ocupados con sus trabajos, decidieron que debían enviar emisarios a la tierra para que les informaran sobre la conducta de los hombres. Querían enterarse cuando las personas obraban mal, porque no tenían una gran confianza en ellos. Y si obraban mal y se hacían daño entre ellos, los dioses los castigarían.

No era una decisión fácil elegir a quien enviar para esta tarea de espionaje: habían pensado en los elefantes –pero eran muy pesados y les costaba moverse-, en los cocodrilos –aunque, ¿cómo vigilarían a los hombres, si hombre ninguno querría vivir cerca de ellos?-, y en las hormigas coloradas. Lo de las hormigas coloradas subiéndose encima de los hombres, ni siquiera a los dioses les hizo mucho gracia como idea, y enseguida las descartaron.

Tras mucho discutir, la elección recayó sobre tres monos llamados Kikazaru, Mizaru e Iwazaru, que tenían fama de ser sabios, cada uno en su aldea. Les comunicaron la decisión a través de un lacayo, vestido de dorado de la cabeza a los pies, y los monos, impresionados, no dudaron un solo instante en decir sí.

Debían albergarse en una selva, que era el ombligo del mundo o casi, y desde allí vigilar a los hombres. Ellos se establecerían en esa selva y a los pocos días un pueblo se formaría alrededor. Gente que iba y venía en el antiguo Japón, se quedarían a vivir ahí para siempre. Y a esas personas querían los dioses que los tres monos vigilaran.

En el camino a la selva, los tres monos que se conocían poco entre ellos, tuvieron la siguiente conversación.

— Estudié bastante el asunto antes de aceptar –dijo Kikazaru –imaginen que dejo esposa e hijos pequeños. Pero esta tarea es un encargo de los dioses, y a ellos no puede decírseles que no.

— Además el lugar adonde vamos está lleno de bananas –agregó Mizaru que era muy goloso.

— ¿Ah, sí? Bananas?

— Repletísimo.

— De todos modos, ¿no deberían habernos pedido certificados de estudios en un templo, por ejemplo? Comprobar nuestra honestidad y nuestra fidelidad a los dioses y…

— Bananas de color dorado.

— Yo, sin embargo, estoy preocupado por los hombres –expresó Iwazaru. – Tenemos que vigilarlos y estar al tanto de sus acciones malvadas… Me temo que vaya a ser una tarea agotadora.

— No, en absoluto –rió Kikazaru. – Mi esposa dice que son muy tranquilos, casi nunca se meten en problemas y hablan siempre con dulzura. Ella los conoció porque en su juventud supo ser el juguete de un emperador niño…

— Además, las bananas nos recompensarán por todos los esfuerzos que hagamos. Son bananas doradas, jugosas como miel por dentro y suavísimas al paladar.

— No estoy tan seguro de que las bananas vayan a conformarnos…-suspiró Iwazaru.

Y dicho y hecho. El sitio que les había tocado en la selva, era precioso. Una choza, entre unas palmeras y todos los dátiles y bananas que quisieran al alcance de la mano. Mizaru estaba que bailaba en una pata de la alegría y se la pasaba come que te come bananas.

Al cabo de una semana, su silueta había dejado de tener la forma inicial y la barriga se le había puesto como un barril. Pero él estaba contento. En esos días, los hombres empezaron a llegar a los alrededores y se establecieron.

Levantaron unas poquitas casas, después más. Familias enteras, con chicos y chicos con mascotas, parecían felices de instalarse ahí. Los monos no veían ningún acto malévolo entre los hombres y Kikazaru se palmeaba los muslos, feliz, resoplando:

-¡Han visto! Son como decía mi esposa.

Pero de pronto un día llovió. Una lluvia fuerte, tanto que hacía que el mar se picara y las olas se levantaran alto. Llovió al día siguiente y al siguiente. Entonces los hombres empezaron a aburrirse. Las mujeres, aburridas, se reunían en torno a un fogón y se contaban chismes, hablaban mal la una de la otra. Al cabo de un rato, peleaban porque unas defendían a algunas mujeres y otras a otra, y los niños que correteaban por ahí les robaban el tejido y se los deshacían.

Entonces las madres y las tías y abuelas, perdían la paciencia con los niños, y los retaban a gritos y ligaban uno que otro coscorrón. A los hombres les pasaba otro tanto. Aburridos, organizaban juegos de lucha. Pero al poco tiempo los juegos les parecían estúpidos y empezaban a pegarse de verdad, con odio.

Alguno hasta se rompió un brazo o una pierna, y todos quedaron con un ojo en compota.

Los tres monos no sabían qué hacer.

Delatar a las personas para que fueran castigadas, no era la tarea que ellos querían llevar a cabo. Porque las personas también tenían momentos buenos, sobre todo cuando brillaba el sol. No; los tres se oponían a esa labor indigna.

Pero no podían rechazar una tarea que los dioses habían encomendado. Pensaron mucho y al cabo encontraron una solución: entregarían un sentido a cambio de no delatar a los hombres cuando cometieran una mala acción, ni pequeña ni grande.

Kikazaru, perdería la audición, porque no quería oir el mal; Mizaru, la visión, para no ver el mal, e Iwazaru quedaría mudo, para no pronunciar el mal.

A los dioses este arreglo no los convenció; así los tres monos sabios cumplen a medias con el encargo:

Kikazaru ve todo aquello que hacen los hombres y lo cuenta a Mizaru, quien no puede verlos, pero transmite a Iwazaru todo lo que le dijo su amigo. Iwazaru, mudo al fin, ya no puede contarlo a nadie.

Los hombres suelen hacer el mal y a veces, también, hacen el bien para reparar los daños que han cometido. Y los tres monos sabios lo saben.




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