En los últimos años, los teóricos de la Conspiración tienen muchos seguidores. El nuevo siglo hereda una sociedad desmembrada, descreída, pasiva y, en definitiva, vulgar e irresponsable que o se fía de forma cándida de la bondad del poder político y de las instituciones públicas que emanan de él, o bien ve fantasmas que esconden algún tipo de Gobierno oculto que maneja los hilos de poder y tiene un componente satánico (en el caso que nos ocupa, más bien luciferino)

¿Me siguen? Viertan en la copa una recesión económica de caballo y el miedo terrorista insertado en la mente de cada hombre, mujer o niño. Efectivamente, es un cóctel demasiado atractivo para no ser catado, ¿no creen?

Pero Vicente Guillamón huye de este espacio común en su análisis de la intervención de la masonería en España. De hecho, dedica la primera parte del libro a desarticular la trampa ideológica que ha sido sutilmente elaborada por escritores como Dan Brown. Aunque no menciona obras concretas, las novelas del escritor estadounidense han renovado el viejo mito de la masonería que ahora desmonta el autor español. El de una sociedad secreta que maneja entre bambalinas los hilos del poder, que utiliza el capitalismo o el socialismo (según el momento histórico) como arma para condenar a la esclavitud a los seres humanos y que tiene ritos secretos, con miles de años de antigüedad, en los que se mezclan tradiciones ocultistas del antiguo Egipto, la Babilonia bíblica y la ciudad santa de Jerusalén.

Aunque en Europa y EEUU la difusión masiva de este tipo de propaganda sea relativamente novedosa –prácticamente nace de la mano de los movimientos pseudorreligiosos de la Nueva Era y de la recuperación de la filosofía gnóstica–, en España es muy familiar. La leyenda negra de los Hijos de la Viuda (sobrenombre con el que se conoce a los masones) fue utilizada por el régimen franquista como bandera de la lucha contra el rojo.

Han pasado muchos años desde la posguerra española, y la documentación sobre la sociedad secreta es abundante: la mayoría de las afirmaciones que se hacen sobre los masones no son ciertas. Cada vez más autores enfocan la cuestión desde la perspectiva histórica que exige cualquier investigación que intente abarcar algo tan amplio con el rigor que merecen las acusaciones vertidas contra la Fraternidad. Vicente Guillamón lo sabe y, citando a otros escritores cuando lo considera preciso, disecciona las fuentes y desglosa la historia de los Hijos de la Viuda, enfatizando la existencia del fraude y la invención en los orígenes mitológicos que se atribuyen a sí mismos muchos masones.

Eso no quiere decir que la masonería no sea peligrosa para la sociedad. De hecho, los masones en el Gobierno de España es un grito a esa sociedad durmiente, borreguil, que está permitiendo que el poder político aplique un sectarismo sin precedentes, destruya la tradición judeocristiana ensalzando las virtudes del Islam y entierre el concepto de familia, todo ello revestido con una falsa concepción de la libertad que siempre acaba en movimientos totalitarios de pensamiento único, en los que no faltan unas gotas de buenismo y exaltación de lo políticamente correcto.

Una vez desmontada la mitología masónica, Guillamón entra en materia y narra la verdadera naturaleza de la Fraternidad y sus orígenes conspirativos al servicio de los intereses de la Corona británica, primero, y del Imperio napoleónico, después, sin olvidar su participación en la Revolución Francesa. Posteriormente se centra en su implantación en España y su papel en la Guerra de la Independencia.

Durante toda la obra queda patente la incapacidad de la masonería para lograr regimenes estables. Los Hijos de la Viuda son especialistas en conspirar, atacar y destruir, pero carecen de capacidad para edificar gobiernos duraderos. Una curiosa paradoja si se tiene en cuenta que el término masón hace referencia a los miembros de los gremios de constructores. Aunque los masones no logren dirigir las sociedades que destruyen, sí tienen éxito en su ofensiva ideológica.

Duque de Wharton

En España, la primera logia la funda el Duque de Wharton en 1728, recogiendo las influencias británicas y la intelectualidad protestante, que se funden en una escuela de pensamiento que ataca a la Iglesia Católica. Con todo, el autor explica que la expulsión de los jesuitas bajo el reinado de Carlos III no se debió sólo a la influencia masónica. Por otro lado, Guillamón repasa las biografías de Aranda, Campomanes o Jovellanos sin encontrar una filiación masónica clara en ninguno de ellos. El autor señala que los Hijos de la Viuda han creado una especie de santoral laico y fraudulento. De hecho, cuando habla de las Cortes de Cádiz de 1812, recuerda que los diputados declararon a la sociedad secreta fuera de la ley tanto en la Península como en ultramar.

En la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, el papel de la masonería en la política española es muy relevante. Desde los tiempos del general Rafael de Riego hasta la dictadura de Miguel Primo de Rivera, los Hijos de la Viuda estuvieron detrás de cada movimiento intelectual y político, en las etapas progresistas o moderadas y durante la Restauración. A la masonería no le duelen prendas en aceptar en sus filas a militares, políticos y anarquistas.

El punto culminante de la influencia masónica llega en 1931, con la Segunda República. Seis de los ocho presidentes de los gobiernos liberticidas que dirigieron los designios de los españoles fueron masones. Guillamón define la Constitución de entonces como la “más sectaria jamás vista” en la historia española.

La última parte del libro está dedicada al retorno al poder en España de los Hijos de la Viuda. Con la llegada de la Transición y el fin del régimen franquista, los masones volvieron por sus fueros. En el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hay ministros que pertenecen a la Fraternidad; por ejemplo, el de Justicia, Francisco Caamaño. Zapatero es el único de los cinco presidentes de la democracia al cual se ha atribuido filiación masónica. Desde luego, toda la política social del PSOE parece diseñada con la escuadra y el cartabón del Gran Arquitecto Universal que adoran los combatientes del triángulo.

En definitiva, es éste un libro interesante, riguroso y escrito con el estilo ágil y directo de un periodista de raza que quiere despertar conciencias con su trabajo diario. Se analiza con detalle cada una de las acciones que el imaginario popular atribuye a los masones, y en algunos casos Guillamón los derriba con gracia y credibilidad. Es un libro que no se pueden perder aquellos que están convencidos de que un Gobierno en la sombra dirige las vidas de los seres humanos. Los que conozcan bien la historia de la Fraternidad no encontrarán muchas novedades, pero sí disfrutarán con algunas anécdotas, así como con el decálogo para localizar masones que hace las veces de colofón.


Vía Lorenzo Ramírez | Libertad Digital SA.