La lepra ¿Enfermedad o castigo divino?

La lepra

En la antigüedad, la creencia era que la lepra, como el resto de las enfermedades en general, era un castigo divino por algún pecado cometido. Según lo afirma el teólogo X. León-Dufour, la “lepra es la ‘plaga’ por excelencia con que Dios hiere (naga) a los pecadores” (Vocabulario de Teología Bíblica [Barcelona: Editorial Herder, 1980] p. 473).

La lepra ¿una enfermedad cutánea o un castigo divino?

Así, por ejemplo, los egipcios (Éxodo 9:9), Miriam (Números 12:10-15), Guejazí (2 Reyes 5:27) y el rey Ozías (2 Crónicas 26:19-23) fueron castigados con esta enfermedad.

E incluso, las úlceras cutáneas son mencionadas como una de las posibles maldiciones que habrán de sufrir los israelitas en caso de desobedecer las ordenanzas de Yahveh (Deuteronomio 28:27, 35).

A diferencia de la doctrina expresada en la Biblia Hebrea, según la cual había que distinguir entre el poder curativo de Dios (cf. Éxodo 15:26; Salmos 103:3) y la función exclusivamente mediadora del profeta (sobre este punto crucial, ver la historia de Eliseo, la sunamita y su hijo [2 Reyes 4:8-37]), en el Nuevo Testamento esta distinción queda totalmente neutralizada.

Jesús el Galileo tenía el poder de curar leprosos

Aquí, el poder de curación es un atributo inherente a la condición mesiánica atribuida a Jesús. Por ello, entonces, Jesús el Galileo tenía el poder de curar leprosos. Como lo cuenta el siguiente relato:

“Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: ‘Señor, si quieres puedes limpiarme.’ Él extendió la mano, le tocó y dijo: ‘Quiero, queda limpio.’ Y al instante quedó limpio de su lepra.” (Mateo 8:1-4 y paralelos. Cf. también Lucas 17:11-19).

Esta capacidad de Jesús de curar leprosos u otras enfermedades (paralíticos, endemoniados o ciegos. Cf. Mateo 8:5-13, 28-34; 9:1-7, 27-31 y par.) era claro testimonio de su poder sobre la naturaleza, y por ende, la “prueba” de su condición de Ungido.

La misión del profeta

Como le contestó Jesús a la pregunta formulada por Juan “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mateo 11:2):

“Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!” (vers. 4-6).

(Nota: La respuesta de Jesús presenta una versión modificada de “la misión del profeta”, según las palabras del Deútero o Trito Isaías 61:1-2. Cabe señalar, que este mismo texto de Isaías juega un papel central en la versión de Lucas sobre la visita de Jesús en sábado a la sinagoga en Nazaret [4:16-24] ).

Sea como fuere el caso, una cosa es totalmente cierta. A juicio de los israelitas antiguos, tanto fuere el sacerdote, el profeta, o el Mesías, todos ellos podían curar en su condición de enviados de Dios.

Ya que sólo Él como el señor de la vida podía otorgar la vida misma. Según decía el sabio judío jerosolimitano Jesús hijo de Sirá (primer tercio del siglo II a.e.c.):

“Pues del Altísimo viene la curación, como una dádiva que del rey se recibe” (Eclesiástico 38:2).

¡Shabat Shalom!

Dr. Adolfo Roitman  @ tarbutsefarad.com

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