¿Cuántas veces en un solo día, hacemos todo lo posible por agradar a los demas y quedar bien con todos, para luego descubrir que nosotros quedamos inconformes con lo sucedido? Y ya ni hablemos de esto si analizamos por completo nuestra vida.–

Necesidad de agradar a los demas

  • Terminamos comiendo lo que no nos gusta, por no lastimar a la mamá.
  • Paseando en un lugar que no nos agrada, por no ofender a nuestra pareja.
  • Comprando algo que no necesitábamos, por no herir al vendedor que lo ofrecía.
  • Contratando un servicio que no utilizamos, por no saber decir que no al que llamó.
  • Aceptando darle unas monedas al chico que nos limpió el parabrisas dejándolo peor que como estaba.
  • Pagando dinero extra para obtener un vaso más grande de refresco en el cine, cuando bien sabemos que no lo tomaremos todo, pero como nos dio vergüenza decir que no, ni modo.

Desde pequeñitos, nos obligaron a “agradecer”, a “ayudar”, a “escuchar” a los demás, por respeto, por educación, por “urbanidad y buenas maneras”, porque “así debe ser”, porque “así se acostumbra”, porque “así me enseñaron mis papás”.

Aprender a decir NO

¿Y cuándo fueron las lecciones de APRENDER A DECIR QUE NO? Porque sin duda, ese día no lo recordamos la mayoría de todos nosotros.

Te ofrecían un pan en casa de la abuela, tú no querías pan, y tu mamá decía: “Da las gracias, acéptalo y cómetelo, ¿no ves que lo cocinaron para ti?” ¿A poco no?

Chantaje Emocional

Fuimos educados en el “chantaje” emocional

Nos educaron para “no herir”, “no ofender”, “no hacer sentir mal al otro”, y consiguieron que nos olvidáramos de nosotros, de nuestros gustos y necesidades, de nuestra capacidad de decisión, de nuestro valor e inteligencia.

Daba lo mismo si nosotros éramos los heridos, los ofendidos o si nosotros éramos los que nos sentíamos mal.

La mamá de nuestro compañerito de clase hablaba con tu mamá porque quería invitarte a la fiesta de su hijo por su cumpleaños. Ese niño era desagradable, no hablabas siquiera con él en la escuela, no era tu amigo y obviamente tú no querías ir.

Pero como tu mamá dijo que sí, fuiste a dicha fiesta que resultó un pequeño tormento. Jamás pidieron tu opinión. Y si acaso la pidieron, no les importó que tú dijeras: “yo no quiero ir”. Y mucho menos, escucharon tus razones “es que él no es mi amigo mamá”. No, al contrario. Una vez que no le importó lo que tú dijeras, tu mamá comenzó a decir cosas como:

  • Puede ser una buena oportunidad para que se hagan amigos.
  • Qué va a decir la mamá de ese niño si no vamos, yo ya le dije que sí iríamos.
  • No me hagas quedar mal con esa señora, qué vergüenza.
  • Ya hasta le compré un regalito, ya gasté en eso, ahora debes ir.

Y con los años, con la edad, vamos descubriendo que efectivamente, actuamos todos los días de nuestra vida, poniendo a los demás en primer lugar.

  • Sintiendo culpa cada que alguien nos ruega, nos chantajea, nos miente.
  • Sintiendo que rompemos corazones a cada paso de la vida.

Gracias a eso, aceptamos billetes rotos, damos propinas a gente que realmente no hizo nada especial por nosotros, compramos cosas que no nos gustaron, nos conformamos con lo que nos den sin reclamar, vamos a lugares que no queremos ir, etc.

Caer en el chantaje emocional

Porque fuimos educados y entrenados para caer en el chantaje. Porque fuimos perfectamente “pulidos” para brillar dando gusto a los demás.

Fuimos capacitados hasta el cansancio para sentirnos culpables del sufrimiento, las penurias, la pobreza de los demás, porque fuimos premiados cada vez que poníamos a los demás antes que a nosotros.

Ahora, la mayoría de los seres humanos, estamos plenamente seguros de que decir que no “es una total falta de respeto por el otro”. Estamos plenamente seguros de que ver primero por nosotros, es un vil, sucio, despreciable, ruin y maléfico EGOÍSMO.

¿Y al final quién se enferma?

Nosotros.

Porque si mis amigas y yo quedamos ayer en ir al cine hoy, y yo hoy me levanté con ganas de quedarme en casa jugando con mi perrito, no puedo decirles que “ya no voy”, porque ahora debo cumplir para no herir sus sentimientos.

Porque si mi primo preferido me regaló en un cumpleaños unos calcetines horrorosos y me hicieron “agradecerlo”, él dio por entendido que adoro los calcetines y desde entonces, pasados 35 años, él sigue dándome calcetines en mis cumpleaños. Mismos que claro, que yo jamás uso y todo porque jamás pude decirle desde aquella primera vez, que no me gustaban.

Sucede lo mismo entre hermanos, entre amigos, con la pareja, con la familia completa, con el jefe, con los compañeros de trabajo.

¿Yo dónde quedo?

Y en eso llega tu hermana o tu hermano o te llama diciendo: ¿En serio no irás a la fiesta de cumpleaños de papá? Cómo eres egoísta, tanto que te dio mi papá, cómo puedes pensar tan sólo en ti.

Deberías ir por él, para que no esté triste. Además, ya sabes que él mismo prepara tu postre favorito. Así que cambia tus planes de ese día, porque tienes que ir con papá, siempre ha sido así.

Es difícil, es muy difícil soltar todo ese entrenamiento, que sin darnos cuenta, nos ha robado toda nuestra valía. Vivimos todos “amando al chantajeador”, “dando gusto al chantajeador”, completamente invadidos de culpa.

Decimos lo que hay que decir, reaccionamos como se espera que reaccionemos, aceptamos lo que nos indican que debemos aceptar y hasta obligamos a nuestras parejas e hijos a entrar en esos juegos.

Así que, como ya se vienen las fiestas de fin de año, les regalo la oportunidad de “OBSERVAR”. Analicen a toda su familia, lo que dicen, lo que hacen, lo que comentan.

Descubrirán que todos parecieran robotizados: hacen lo mismo, platican lo mismo, se quejan de lo mismo, toman lo mismo, comen lo mismo, preguntan lo mismo, critican lo mismo, regalan lo mismo. Porque todos, fuimos entrenados para continuar con la tradición familiar.

Y tan sólo uno o dos miembros de la familia, serán los “distintos”. Los raros.

Los que se atreven a decir que no y sin dudarlo hacen las cosas de modo diferente.

Los que hacen algo sorpresivo o inesperado y se han puesto en primer en lugar. Sólo uno o dos serán los desapegados, los que “no le entran al juego”. Los rebeldes. Los que saben decir lo que en realidad piensan y sienten sin culpas, los que no entran en el chantaje. Los saludables.

Desde ya, comienza por analizar lo que realmente les estás enseñado a tus hijos con tu ejemplo, acepta que ellos pueden ya desde muy pequeños, decidir cosas muy diferentes a lo que tú decidirías.

Enséñalos a decir que no, escucha sus razones y respétalas. Y afronta, que ellos tienen el derecho de pensar distinto a ti y sentir distinto a ti.

  • Sí que sean educados y correctos, pero también que sean capaces de expresar sus desacuerdos.
  • Sí que piensen en los demás, pero sabiendo que primeo están ellos y lo que ellos quieren.

Es poco a poco, lo más seguro es que tome varios años un cambio real. Pero si te ven reclamar, defenderte, decir que no, explicar por qué no, ellos aprenderán que pueden “no ser robots”.

Y que gracias a tu ejemplo de ser diferente, de ser tú, ellos se sentirán valiosos, inteligentes, hábiles y capaces.

Así las cosas…


Akasha Sanación Integral
Elizabeth Romero Sánchez y Edgar Romero Franco