El Hombre y la Mujer en la Astrología

El Hombre y la Mujer en la Astrología

De acuerdo con las investigaciones de la arqueología y la antropología actuales, toda Europa, así como la zona conocida como la media luna fértil, es decir, la actual siria, Palestina, Israel e Iraq, y también el valle del Nilo, durante el periodo conocido como Neolítico, tenían un conjunto de creencias religiosas muy parecido.

Hombre y la mujer en la Astrología en la historia antigua

El sol y la luna — Simbolismo de lo masculino y lo femenino

Básicamente, el esquema religioso del periodo neolítico o edad del Bronce estaba constituido alrededor del culto a la maternidad o a la fertilidad como misterio de la naturaleza más importante y evidente, y así mismo misterio o prodigio más próximo a la vida y a las necesidades más cotidianas de la sociedad.

Casi todas las estatuillas antropomórficas encontradas en este periodo son divinidades femeninas, algunas en avanzado estado de gestación, lo que evidencia que los primeros conceptos de lo divino estaban asociados a la mujer o a lo femenino, es decir que las Diosas son, casi con toda seguridad, anteriores a los Dioses.

En estas culturas, estamos hablando del periodo de tiempo comprendido entre el 4.000 y el 1500 antes de nuestra era, el concepto de paternidad no estaba aún asumido, la maternidad se consideraba independiente y autónoma.

Por lo tanto, los Dioses no eran más que elementos subalternos de la Gran Diosa que regia de forma omnipotente e inmortal los destinos de todas las criaturas. La Gran Diosa, al ser independiente en sus funciones creadoras y de gobierno, no tenía necesidad de la institución del matrimonio.

El poder de la mujer

El matriarcado se caracterizaba por una gran independencia y poder de la mujer.

Pues esta tenía a su cargo la mayor parte de las funciones religiosas y políticas de la sociedad. Los hombres tenían que obedecer y adorar a la Gran Diosa y a su representación terrestre, la Gran Sacerdotisa, de modo que la estructura social era más femenina en su cúspide.

Al no comprenderse bien el sentido de la función sexual en relación con la procreación, el sexo más una función placentera y religiosa: era práctica corriente la institución de la sexualidad sagrada (en algunos casos podríamos más bien llamarle prostitución sagrada).

Las ceremonias orgiásticas, la libertad sexual, y la independencia casi total de la mujer respecto de los hombres.

En algunos casos llegaban a invertirse los términos, es decir, se daba la situación de dominación de las mujeres sobre los hombres, como es el caso de las amazonas libias y de otras comunidades del sur del Mar Negro.

Emblemas femeninos

Inicialmente, parece ser que tanto el Sol como la Luna eran emblemas femeninos.

Es decir, emblemas o símbolos del poder de la Gran Diosa y no es hasta fechas mucho más recientes que se asimiló el Sol con el poder patriarcal del hombre y se dejó a la mujer en exclusiva la Luna.

La Luna siempre ha estado asociada a la mujer y, por lo tanto, a lo femenino debido a la analogía de sus fases con el periodo de la menstruación, sus tres fases también se asociaron con las tres fases de la vida de la mujer:

  • La doncella = Luna creciente;
  • La ninfa (mujer en edad de procrear) = Luna llena;
  • Y la vieja = Luna menguante.

También se asociaban estas mismas fases con el calendario del año solar, que en las sociedades matriarcales tenía tres estaciones:

  • La doncella con la primavera;
  • La ninfa con el verano
  • Y la vieja con el invierno.

Más moderna es la tríada femenina: Selene-Afrodita-Hecate que simbolizan la doncella = Selene (el mundo aéreo) – la ninfa = Afrodita (el mundo terrestre) – la vieja = Hecate (el mundo subterráneo).

Estas tres personificaciones de la Gran Diosa eran como si dijéramos tres fases de una misma persona. A esta Santa Trinidad primitiva se le adoraba en cualquiera de sus formas a sabiendas de que se trataba de una sola persona y en algunos templos se le adoraba como un solo nombre: el de Diosa Hera.

Sociedades matriarcales

Estas sociedades matriarcales primitivas estaban gobernadas por Reinas. Que recibían el título hereditario por línea femenina, heredando, no la primogénita como en las sociedades patriarcales, sino la última genética, es decir, la más joven.

Los hombres que recibían título de Rey, lo recibían de forma consorte, es decir, por matrimonio con la heredera, como se pone de manifiesto en todos los mitos antiguos, en los cuales el héroe recibe en premio por alguna hazaña la mano de la hija más joven del rey, es decir la heredera.

Hasta que no mejoro el estatus del hombre en la sociedad, lo cual parece que no fue antes del segundo mileno, el Rey tenía carácter religioso, es decir, las tribus elegían para su Ninfa-Reina un Rey, todos los años, entre los jóvenes de los reinos.

Este Rey no tenía mucho poder ejecutivo, pues el poder estaba normalmente en manos de la propia Reina o de familiares directos: hermanos, Tío materno, etc.

El Rey Sagrado anual tenía como función acompañar a la Reina a las ceremonias sociales y participaba en el gobierno de forma delegada, es decir con poderes restringidos y delegados de la Reina.

Al acabar el año, el Rey debía ser sacrificado ritualmente (lo cual incluía diversas torturas y mutilaciones, solo soportadas mediante el empleo de drogas) y su cuerpo enterrado o incinerado según la costumbre de cada sociedad.

A veces el cuerpo del Rey era despedazado y comido ritualmente por las ninfas compañeras de la Reina y su sangre esparcida por los campos para asegurar su fertilidad.

En algunas sociedades se elegían dos Reyes Sagrados, de modo que el segundo debía sustituir al primero en el segundo semestre tras darle muerte mediante algún procedimiento ritual preestablecido…