Hábitos a imitar de la cocina de nuestras abuelas

Puede que vengan a nuestra mente ya platos como un estofado de legumbre, un buen caldo casero, un plato suculento de proteína, hecho con mucho cuidado, amor, dedicación, tiempo y mucha alquimia.

La cocina de nuestras abuelas

Con ingredientes básicos, se elaboraban platos que nos ofrecían toda su energía, vitalidad y solidez. Y nos satisfacían y nutrían a todos los niveles. Es necesario volver a esta clase de cocina casera, de toda la vida, para que en algunos años no se haya perdido totalmente y podamos todavía dar referencia a ella.

Puede que a nivel inconsciente la cocina de la abuela, también sabía los efectos de las combinaciones de los alimentos y su alquimia. Podía reanimar a un muerto.

Platos de siempre, que nos nutrían a todos los niveles más profundos de nuestro ser. Es una de las grandes contradicciones modernas:

Mientras los supermercados están llenos a rebosar de productos (que no de alimentos), más aumenta la obesidad y las enfermedades relacionadas con una alimentación incorrecta y hasta la propia OMS afirma que la dieta es una importante herramienta preventiva de cánceres y patologías asociadas al desarrollo.

Algunos ponen la vista en culturas lejanas, físicamente como la japonesa o culturalmente como los crudiveganos y otros; pero aquí cerquita también tenemos los secretos para mejorar nuestros hábitos alimenticios: nuestras abuelas.

Que viviesen una guerra, posguerra, época de carencias y con poca oferta de alimentos no significa que su cultura gastronómica no fuese buena, al contrario: sabiduría instintiva, buena materia prima, moderación frente a gula y alquimia en la cocina son varias de las claves que podemos adaptar a los tiempos actuales.

Conoce algunos hábitos que deberíamos imitar de la cocina de nuestras abuelas..

Cocinaban más tiempo = más comida casera

No existían los pre-cocinados y nuestras abuelas invertían (no perdían) tiempo en la cocina.

La cocción a fuego lento, el mimo, los ingredientes naturales sin una lista interminable de aditivos hacían que su comida recién hecha fuese un manjar para el paladar y la salud. No en vano, la publicidad moderna recurre a las abuelas cuando quiere remarcar los atributos de calidad de un producto.

La cocina estaba mejor valorada

La cocina no se consideraba un lugar de tortura o sumisión sino el alma de la casa, el centro de la vida y un lugar sagrado donde se cuecen las relaciones, las actividades, la comida y la salud. Y quien gestionaba la cocina, tenía un importante poder doméstico y social.

En los monasterios zen, el cocinero tiene un cargo muy respetado y autores como Roy Littlesun explican que las mujeres eran ancestral mente las alquimistas y conocedoras de los saberes de los alimentos y las plantas pero desde la Inquisición, y posteriormente con la industria, se les arrebató ese poder y las cocinas empezaron a decrecer en tamaño y calidad de los alimentos.

Hoy en día, cocinar y cultivar los propios alimentos vuelve a ser un acto revolucionario y de transformación social.

Alimentos de temporada, locales y frescos

Nuestros abuelos no necesitaban campañas de “come local, piensa global” porque se alimentaban y consumían productos de cercanías, manteniendo así soberanía alimentaria y el tejido artesanal, y comiendo frutas y verduras de la estación y en su punto de maduración; precisamente lo que más sabor y nutrientes tiene.

Sus despensas estaban llenas de alimentos y no de comestibles que es lo que abunda en los carritos de supermercados modernos (muchas cajas y poco fresco).

Recetas sencillas pero nutritivas

Más guisos y pucheros que nutren, alimentan y calientan el cuerpo y menos snacks a cualquier hora.

Buena combinación de legumbres y cereales = proteína completa de gran calidad

Sin televisión y sin nutricionistas, las generaciones anteriores sabían que las lentejas con arroz u otras combinaciones de legumbre y cereal eran platos completos, nutritivos y saciantes, como se ha comprobado por la composición en aminoácidos esenciales.

De esa forma, podían comer menos carne que era mucho más cara en aquel entonces y menos accesible -aunque de mejor calidad que la actual- y no necesitaban ni anuncios ni campañas institucionales para que aumentasen el consumo de proteínas vegetales.

Sin teflón y sin microondas

Cristal, barro, madera, porcelana… Materiales sanos para cocinar. Es cierto que en su fabricación podía haber plomo y sustancias perjudiciales hoy prohibidas, pero, en general, se libraban del microondas -que cambia la estructura molecular de los alimentos y reduce las vitaminas y los nutrientes- y del teflón, cancerígeno y prohibido en la cocina a partir del 2015.

La industria alimentaria era menos poderosa

Monsanto todavía fabricaba el agente naranja en la guerra de Vietnam y no había hincado el diente al mercado de los alimentos con el glifosato y las semillas transgénicas resistentes a su propio herbicida.

El resto de las empresas de alimentación aun no eran mega corporaciones que especulaban con los alimentos de primera necesidad, controlaban la publicidad, manipulaban a los consumidores, se infiltraban en los Ministerios de Sanidad y creaban lobbys muy eficaces para sus intereses.

Nuestras abuelas estaban a merced del clima, de la propiedad de la tierra y de otros reverses, pero no de las patentes de las semillas o de los intereses de la industria.

Menos carne, menos azúcar, menos productos envasados y procesados = menos tóxicos

Nuestros abuelos sí seguían la sana dieta mediterránea, a diferencia de las generaciones actuales cuya alimentación se caracterizada por exceso de lácteos, harinas refinadas, dulces, carnes rojas y procesadas, edulcorantes químicos y más que se está considerando oficialmente una dieta mortal.

Como dato, en la actualidad en EEUU se come en un solo día la misma cantidad de pollo que en todo un año en 1930. Nuestros abuelos comían pollo de corral el domingo y era toda una fiesta.

Ahora el pollo está casi hasta en el desayuno y no es de corral y criado al aire libre sino hacinado en fábricas (no granjas), medicado, hormonado, genéticamente modificado para que tenga más cantidad de pechuga por lo que sus patas no le sustentan, etc.

Hoy se obliga a los animales a crecer des-proporcionadamente, en poco tiempo, con crueldad y de forma antia-natural, y eso pasa factura a la salud y a la sociedad en general.

Conocían las propiedades medicinales de las plantas

Las abuelas conocían las plantas de su entorno y tenían un remedio casero para la tos, el dolor de estomago, los resfriados, … Hoy se depende de los médicos y los fármacos para todo y se ha patologizado la vida cotidiana. Mucho progreso tecnológico y mucha desconexión de nuestros cuerpos y la naturaleza.

Bendecir los alimentos

No es un tema religioso sino una reverencia a la Naturaleza, un agradecimiento a la Tierra por lo que nos ofrece, un signo de respeto por quien ha cultivado los alimentos y quien los ha cocinado.

Nuestros antepasados comían para vivir y no vivían para comer, y honraban ese hecho comiendo sentados y no de pie, con tele, en el ordenador, etc. El acto de comer tenía valor en si mismo.

Además de ello, y como demuestran las investigaciones de Masaru Emoto y la física cuántica, la bendición sincera (o la vitalización del agua), pueden cambiar energéticamente los alimentos.

Montse Bradford