Leyenda de la niñera y la estatua del payaso — John Wayne Gacy

estatua del payaso
estatua del payaso

Muchos creen que, en efecto, la siguiente ocurrió en realidad. Para otros, sin embargo, no es más que otro de los tantos mitos urbanos que circulan aquí y allá. Lo cierto es que, sea lo que sea, resulta profundamente perturbadora y hará que esta noche te vayas a la cama quizás con una sensación no del todo placentera, de que tal vez haya alguien observándote a escondidas, sin que lo sepas.

Quizás un payaso…

Esta historia ocurrió presuntamente hace una década en la ciudad de Newport Beach, en California, en el hogar de una acomodada pareja –médico él, corredora de bienes raíces ella– que tenían dos hijos: una pequeña hembra y un varoncito.

Era viernes. El señor y la señora de la casa se sentían agotados, tras los compromisos laborales y la atención especial que requirieron los niños esa semana. Necesitaban y merecían un descanso, así que decidieron reservar una mesa en un buen restaurante y llamar a una niñera para que cuidara de los niños por unas horas.

La niñera –una adolescente que en otras oportunidades había cuidado de los niños– llegó a la casa a tempranas horas de la noche. Las instrucciones que les dio la pareja fueron sencillas: darles la cena a los chicos y meterlos en la cama. Luego ella podría tomar lo que quisiera del refrigerador y ver televisión.

La madre le preguntó si no tenía problemas en que viera la televisión en la habitación de la pareja y no en la sala del piso de abajo. Le explicó que en los últimos días los niños habían estado teniendo una suerte de extrañas pesadillas y así, en caso de que ocurriera y que lloraran, ella podría oír el llanto con mayor facilidad y podría correr a calmarlos.

La joven aceptó la petición y la pareja se fue a cenar.

Una mirada perturbadora

Como era habitual, les dio leche y galletas a los niños, luego los subió a su habitación, les leyó un par de cuentos y esperó a que se durmieran. Luego apagó la luz y se fue a ver televisión en la habitación contigua. Quizás llamaría a una amiga por teléfono para conversar.

Pero una vez que entró en la habitación, algo extraño ocurrió. La joven notó la presencia de una estatua de un payaso en una esquina. Pequeña, inmóvil, de mirada siniestra. Un corrientazo le recorrió el cuerpo. Se estremeció. Aquella estatua resultaba algo inquietante. Intentó ignorarla y ver televisión, pero no pudo. La dichosa estatua le incomodaba, le perturbaba. Tenía incluso la sensación de que la estaba mirando a ella y que, incluso, hasta cambiaba ligeramente de posición.

La joven perdió los estribos. No pudo tolerar más la mirada sombría de esa estatua. Decidió bajar a la sala principal de la casa y llamar a los dueños de la casa. Atendió el padre de los niños.

–Soy yo –dijo la niñera–. Todo está bien, los niños se quedaron dormidos y no han llorado. Pero quería preguntarles si podría más bien ver televisión en el piso de abajo.

–Sí, claro –respondió el padre–. Pero, ¿por qué?

–Bueno, sé que se va a escuchar tonto –dijo ella sin disimular la risa nerviosa–, pero es que la estatua del payaso me tiene los pelos de punta.

–¿Estatua del payaso? –replicó el padre–. ¿Cuál estatua de payaso?

–La que ustedes tienen en su habitación.

Se produjo un breve silencio en el teléfono, tras el cual dijo el padre:

–Escúchame bien. Corre al cuarto de los niños, los despiertas y salgan todos de la casa. Ahora mismo. Y llama luego a la policía. ¡Hazlo ya!

Aterrorizada, la joven se atrevió a preguntar:

–¿Por qué? ¿Qué está pasando?

El padre le dijo lacónicamente:

–No tenemos ninguna estatua de payaso.

Horror maquillado

La babysitter se quedó sin habla por un segundo. Luego soltó el teléfono, subió a la habitación, levantó a los dos niños y con ambos en brazos, bajó nuevamente la escalera y corrió hacia calle. Ya en la acerca, mientras calmaba a los dos chicos, la joven distinguió por un instante el rostro maquillado de blanco, grotesco, terrorífico que se asomaba entre las cortinas de las ventanas.

A los pocos minutos llegó la policía, entró en la casa y en las habitaciones superiores halló a un hombre –un enano– vestido de payaso que portaba un cuchillo. Se trataba de un asesino confeso, que había matado a varias personas y que había permanecido en esa casa durante semanas, oculto en el ático durante el día y en las noches se desplazaba por los pasillos y salones y se metía en las habitaciones.

Era el mismo aterrador payaso que los niños habían manifestado ver de forma reiterada en la entrada de la habitación, parado, mirándolos mientras ellos dormían y que sus padres habían atribuido a “extrañas pesadillas”.

Al ser sorprendido por la babysitter en la habitación principal y sin tiempo para ocultarse en un closet o debajo de la cama, el payaso dejó de moverse, paralizado, haciéndose pasar por una estatua…


seguir leyendo en página: