Carmela – La Curandera más famosa de Tucumán

Las manos de Carmela Pisano han curado durante más de medio siglo lo que la medicina no supo resolver. El don misterioso de su arte la convirtió en la curandera más famosa de Tucumán. Para muchos, hacedora de pequeños milagros. Para mí, la imagen de un miedo cuyo rostro borró el tiempo.

La Curandera más famosa de Tucumán

He tenido que pedirle colaboración a una tía que no veo desde hace varios años para que me guíe hasta la casa de la curandera, que está ubicada frente a un canal; en una de las zonas menos ostentosas del municipio de Yerba Buena, pero a la vez lindera de los barrios opulentos.

En ese lugar, a cualquier vecino que se le pregunte sabrá responder por el domicilio que luce en una de sus puertas un rudimentario cartel de papel plastificado con los horarios de atención. Está claro que no hace falta una placa de bronce que indique que en ese lugar cura la Carmela.

Una vez allí, es mi madre la que me permite acceder al testimonio. Ella invoca un parentesco lejano que la curandera no reconoce, pero que termina aceptando para no quedar en evidencia.

“Ya sé a qué vinieron”, sentencia para luego explicar que nunca se ha dejado entrevistar. Después de más de 20 años, mi suerte está otra vez en sus manos; como cuando era niño y no podía hacer nada más que llorar, en vano, para que me soltara las carnes de la espalda.

Nunca le gustó la fama

Con los años, la popularidad de sus curas del empacho y de la paletilla atrajo la curiosidad de periodistas, fotógrafos y curiosos que se fueron de su consultorio expulsados como demonios. Nunca le gustó la fama; es por eso que continúa indignada con el cantante de cumbia Don Carlos, quien le escribió una canción en el año 1985.

“Me enojé mucho, él no era nadie para hacerme una cosa así ¿sabés la cantidad de discos que vendió gracias a mí?”, me pregunta cómo si yo tuviera alguna referencia de aquel músico con nombre de almacenero de barrio.

Las razones que esgrimió el artista para justificar el homenaje no la convencieron, pero lo que terminó de enfadarla fue que nunca le regalara el álbum: “hace más de veinte años que sigo esperando que me traiga el casette”, asegura.

Denisse Oliszewski, una antropóloga que estudia las distintas formas de medicina alternativa en Tucumán, me explicará después que los curanderos auténticos – esos que no salen por televisión hablando en portugués ni se disfrazan como el personaje que Alberto Olmedo popularizó en “El manosanta” – suelen mantener un bajo perfil porque temen que, con la fama, se vayan los dones que han recibido.

De ahí que ella nunca haya podido acceder a la Carmela para completar su investigación.

Se parece más a una abuela tierna que prepara dulces que a una bruja

La anciana que me invita a pasar se parece más a una abuela tierna que prepara dulces que a una bruja. Las canas muy bien peinadas, la nariz redonda y un par de ojos celestes, insondables, rematan una cara de tana buena que bien podría ser la de mi nona.

Tengo que hablarle a los gritos para que me entienda porque se está quedando sorda. Sus pasos son lentos y frágiles, parecidos a los de un niño que recién comienza a caminar. Como muestra de que ni los más santos son inmunes a las desgracias, hace un tiempo se cayó en la calle cuando visitaba a una vecina y se golpeó el “huesito dulce”.

Me confiesa, además, que no ve bien. A pesar de los estragos propios de la edad; no usa audífono, bastón ni lentes, y no porque su fe en la gracia divina la haga desconfiar de la ciencia del hombre, sino por pura coquetería. A sus 82 años, la Carmela quiere verse bien.

El consultorio es una pequeña habitación conectada al comedor de su casa por una puerta. Las paredes de la sala están adornadas con figuras de santos, vírgenes, cruces y rosarios. No hay más que una especie de camilla con algunos frascos encima y un par de sillas.

En contraste con la atmósfera aséptica del lugar, una bolsa de arpillera desbordante de choclos descansa olvidada en un rincón. “Me los trajeron hoy para que haga humitas. Me los regaló un hombre al que se le fue la mujer. Yo le prometí que iba a rezar para que vuelva, pero si él fue ofensivo no hay nada que pueda hacer”, me contará luego marcando los límites de su don.

La Piguala

Carmela recibió el poder de curar cuando tenía 27 años. Se lo transmitió el día de su muerte La Piguala, una anciana sanadora que vivía a pocas cuadras de su casa. Esa tarde, la mujer de más de noventa años la visitó y ella le regaló flores y verduras de su huerta.

Por la noche, la Piguala abandonó este mundo dejando todos sus bienes en la tierra, como suelen hacerlo aquellos que mueren. Sus familiares no tuvieron grandes herencias ni propiedades para disputarse, ya que lo único valioso que tenía la vieja era el don de curar a las personas. Ni eso les dejaría.

Para ser curandero no basta con tener el poder, hay que aprender el arte de curar. “A esto hay que estudiarlo”, asegura la Carmela y cuenta que fue Julio Angelicola, otro vecino, quien le enseñó a usar su don.

De él aprendió cómo curar el empacho, el mal de ojo, la caída de la paletilla y la culebrilla; enfermedad para la cuál los médicos todavía no han encontrado un tratamiento efectivo: “hay mucha gente que se muere de eso y ni se entera qué fue lo que le pasó”.

Explica que, para curarla, primero utilizaba grasa de chancho y pólvora negra y que ahora lo hace con tinta china; como si diera cuenta de que los sanadores no son ajenos al progreso de su ciencia.

“Todo lo que hago me sale bien”

“Todo lo que hago me sale bien”, dice sin vanidad alguna para que no queden dudas sobre la efectividad de sus curaciones. Las técnicas que utiliza varían de acuerdo a la afección: ventosas con agua de pozo para la insolación, cintas rojas para la envidia o tiradas de “cuerito” para el empacho.

A eso último no hace falta que me lo explique demasiado, todavía recuerdo el pavor que me producían cuando era niño aquellas sesiones a las que me sometía periódicamente mi madre en las que la Carmela me amasaba la espalda con sus manos.

El acto de sanación no depende sólo del arte del curandero, el enfermo debe aportar su fe si es que quiere curarse. Más allá de su pericia y de los distintos ungüentos que utiliza, la principal herramienta de curación de Carmela es la palabra.

“Lo que curo, lo curo rezando”, asegura. Su confianza en la suprema bondad de Cristo la lleva a descreer de la existencia de maleficios y magia negra: “Dios no le va a dar poder a nadie para que haga el mal”.

Según su manera de entender el mundo, al origen del mal hay que buscarlo en la tierra y no en el cielo; por eso explica que la envidia es el peor de los males y la principal causa de la ojeadura: “No hay que juzgar a nadie porque eso vuelve sobre uno mismo”.

En sus tiempos de esplendor, la Carmela atendía todos los días a una procesión de almas dolientes que hacían fila en su casa para que les cure los males. Madres con bebés llorones a cuestas, niños empachados, adultos ojeados y ancianos achacados.

Su fama de milagrera

Del campo y de la ciudad. Pudientes, humildes y menesterosos. Creyentes y no tanto. Personas que la consultaban por afecciones menores y sufrientes que buscaban en su don una última esperanza.

Su fama de milagrera se extendió por todas las provincias de la Argentina y tuvo, incluso, pacientes que vinieron desde Europa en busca de un paliativo para algún padecimiento al cual la ciencia del primer mundo no le encontró solución.

En la actualidad, quizá por una renovada confianza en la medicina o, tal vez, por un déficit de la fe; menos gente requiere sus servicios. Sin embargo, no son pocos los enfermos que desfilan todas las semanas por su consultorio.

Carmela explica que la vejez la obligó a ponerle un horario de atención a sus curaciones. Ahora, cura de lunes a viernes los achaques ajenos, desoyendo los del propio cuerpo: “hay días que no puedo estar parada, pero atiendo igual”.

Yo nunca le cobré a nadie

La curandera más famosa de Tucumán no le puso un precio a su poder: “Yo nunca le cobré a nadie. Si me regalan algo, es cosa de ellos”.

Los pacientes le pagan lo que quieren y con lo que pueden: billetes, monedas, crucifijos, rosarios, estatuillas de santos, gallinas, chanchos, pan casero o una bolsa de choclos; como la que descansa ahora apoyada en la pared de su consultorio.

Entonces, si el patrimonio de Carmela ha crecido a lo largo de los años gracias al ejercicio de su ciencia, lo ha hecho sólo en la medida en que lo han creído justo aquellos que se han beneficiado por sus manos sanadoras.

Si el mundo funcionara con reglas de mercado similares, gracias a las cuales cada uno recibe aquello que los demás creen que se merece, quizá no harían falta guerras, ni revoluciones; ni existirían tampoco la envidia, ni el mal de ojo.

Cintitas rojas como principal amuleto

“La mirada fuerte de alguien que quiere verte o que te desea el mal”, relata Carmela las causas de la ojeadura. Para eso, ella tiene sus cintitas rojas como principal amuleto. En Tucumán, bebés, niños y adultos las usan en las muñecas o en los tobillos desde hace décadas.

También, cuelgan en los espejos de los autos o en las patentes de las motos que de nuevos recibieron su bendición. A esa cinta atribuye ella algunos de los milagros que han salvado a sus pacientes de la muerte.

Como en el caso de una sobrina embarazada y de un vecino que sufrieron un accidente automovilístico cuando volvían de Bolivia. El vehículo dio tres tumbos y se destruyó por completo. Ellos, tenían la cinta roja y se salvaron.

Adolfo Nicolaus es, sino el más gracioso, al menos, uno de los contadores de chistes más famosos de la provincia. Aunque Carmela reniegue porque siempre la nombra en los programas de televisión y de radio que conduce, él es uno de sus pacientes más fieles.

De esos que portan con orgullo el amuleto en la muñeca. “Si se le corta la cintita, se viene volando para acá así le ponga una nueva”, me cuenta la sanadora. La devoción de Adolfo tiene una explicación: su hija.

Cuando la niña tenía cuatro años sufría una extraña enfermedad y los médicos no daban con la cura. Desesperado, el humorista la llevó para que la famosa curandera la trate. Hoy, la niña tiene 33 años y cada vez que a sus hijos les duele algo, los lleva a la Carmela antes que al doctor.

“Sentate y ponete de antarca”, me dice sin más preámbulo. Me siento en una de las sillas del consultorio y me rodea por la espalda. Me va a curar del mal de ojo. “Es por si las dudas”, aclara. Las manos santas se posan en mi frente atea y las siento arrugadas, blandas y suaves.

Cristo salvamélo, Cristo ayudamélo

Son las mismas manos a las que temía de niño, ahora ajadas de tanto curar. “Cristo salvamélo, Cristo ayudamélo”, recita en voz baja. Cuando la curandera le pide a Dios, lo hace sin esa solemnidad afectada propia de los curas al dar la misa.

Ella le habla en confianza, como si charlara con el carnicero del barrio o con el almacenero. La puerta que da a la calle está abierta de par en par. Cualquier vecino, cualquier curioso que pase por ahí puede asistir a la ceremonia.

Entonces, me doy cuenta de que no hay ningún rito esotérico ni oscurantismo que la sanadora necesite esconder: no hay velas de colores, gallinas sacrificadas, danzas extravagantes ni jergas extrañas.

Sólo ella, su don y un pedido al cielo. Estimulado quizá por los masajes en la cabeza, cierro los ojos. Me siento cómodo, seguro, protegido. Convencido de que no hay mal que las milagrosas manos de la Carmela no curen, ni miedo que dure cien años.

Tucumán Zeta