Dios Helios y su hijo Faetón

El mito del Dios Helios y su hijo Faetón

Reza un refrán que detrás de toda leyenda se esconde una verdad. Esto es algo que no ha muerto porque se sigue aplicando en la práctica. Actualmente hemos visto nacer leyendas las cuales, con el correr del tiempo se van distorsionando y siglos después, sólo será realidad el motivo que le dio vida para que existiera.

El mito del Dios Helios y su hijo Faetón

Los ancestros de todos los pueblos tienen sus propias leyendas, algunas son hermosas y otras dejan boquiabiertos a los mismos científicos cuando escuchan narraciones que no son del todo descabelladas.

El pueblo Zulú, en Africa, dice que sus antepasados vinieron de las estrellas. Y varios pueblos a lo largo y ancho de la Tierra dicen cosas similares. El pueblo griego es muy rico en historias mitológicas.

Algunas de ellas se relacionan con el desaparecido continente de Atlántida. Otras, como la de Faetón, encierran un enigma que nos indica algo sobre la franja de asteroides que existen entre Marte y Júpiter.

Durante siglos se ha especulado sobre un planeta que existió donde está esa franja de asteroides y que fue destruido hace varios millones de años. Algunos lo han llamado «El planeta amarillo», mientras que los hombres de ciencia que defienden esta hipótesis prefieren denominarlo «Faetón».

Faetón, hijo de la ninfa Climena y del Dios Helios

Cansado de las burlas de sus compañeros de la escuela, ya que no le creían que era hijo de un Dios, decide un día visitar a su padre en su palacio. Helios se alegra de la visita de su vástago y le pide que se acerque. El muchacho, venciendo el temor hace caso y llega a los pies de su progenitor hincándose.

— ¿Qué te trae a mi palacio, hijo mío, dice Helios.

Padre, responde Faetón, Soy el blanco de las burlas de mis compañeros de la escuela ya que no creen que soy hijo de un Dios y he venido para que me digas la verdad, si en realidad soy tu hijo

— Tu madre, la ninfa Climena te ha dicho la verdad, hijo mío —responde Helios— —Ella y yo te procreamos y eres un semidiós.

Esto alegró al muchacho al escuchar de boca de su propio padre la verdad que siempre había temido. Le pide que le conceda un deseo para que sus amigos, al verle le crean y cese todo tipo de burla hacia él.

— Lo que tú me pidas, hijo mío te lo concederé. Lo juro por Estigio, el río de las promesas, dijo el Dios del sol. A lo que su vástago pidió que lo único que quería era conducir su carro de fuego, ya que esto le había prometido a sus amigos burlones.

Se estremeció el Dios del sol

Ante ese pedimento, por más que trató de convencer a su vástago diciéndole que era muy joven para conducir ese carro, que le pidiera cualquier otra cosa y con gusto se lo concedería, el muchacho se encaprichó.

Un Dios había hecho la promesa de concederle lo que le pidiera y ahora tenía que cumplirla. No le quedó más remedio a Helios cumplirle el capricho a su hijo. La luna ya se había ocultado, lo mismo que las estrellas y la aurora estaba apareciendo en el horizonte.

Los caballos alados que tiraban del carruaje de oro, con ruedas de plata estaban ensillados y expulsaban fuego por sus narices.

El Dios le dio recomendaciones a su hijo de que guiara el carruaje por el camino del centro

Que no se elevara demasiado porque quemaría al Olimpo y si descendía mucho entonces ardería la Tierra. Que se alejara de la Osa del norte y de la serpiente del cielo.

Que no abusara del látigo y que no soltara las riendas del carruaje. Puso un ungüento en el rostro de su hijo para protegerlo de los rayos del sol. Sobre su cabeza también depositó la corona de rayos que portaba el Dios y le gritó que dejara que fuera él (Helios) quien diera la orden de la partida para que iniciara el nuevo día.

Pero en su loca carrera

Faetón ya había partido a todo galope y no escuchó a su padre. El carruaje resultó muy liviano y la impericia del mozalbete pronto de dejó notar. No siguió las indicaciones de su progenitor, los caballos se desbocaron, se salió del camino, se elevó demasiado y comenzó a chocar contra los astros espaciales.

La Tierra comenzó a arder y hasta las ninfas del fondo de los océanos comenzaron a preocuparse porque su integridad física amenazaba con desaparecer. La madre Tierra clamó a Júpiter que detuviera esa acción porque amenazaba con acabarse la vida en el planeta.

Y no le quedó más remedio al Dios que lanzar un rayo sobre el carruaje el cual se precipitó a la tierra, el cabello del joven se incendió al igual que su cuerpo y produjo una gran estela ardiente hundiéndose en un río.

El Dios del río rescató el cuerpo del infortunado joven

Las ninfas de esas aguas limpiaron el cuerpo dándole sepultura y colocaron una lápida en la que podía leerse:

«Aquí yace Faetón, quien trató de igualar al sol. Si grande fue su fracaso, igualmente grande también fue su osadía».

En varias corrientes filosóficas y científicas se cree que la franja de asteroides existente entre Marte y Júpiter son los restos de un astro que explotó hace 175 millones de años.

Astrónomos y geofísicos están de acuerdo en ciertos cuerpos celestes podrían ser parte de esos restos celestes.

Suponen que Faetón (como llaman a ese extinto planeta), chocó contra un planetoide gigantesco y se desintegró. Otra hipótesis dice que ese planeta desapareció producto de una reacción nuclear en cadena lo que lo convirtió en millones de fragmentos que se diseminaron por todo el sistema solar.

Marte, Júpiter, Saturno y Neptuno

Fueron los más afectados por esas colisiones. Se cree que uno de los anillos de Saturno es producto de estos residuos, así como otros anillos menos conocidos alrededor de Júpiter y Saturno.

Si se llegara a demostrar que el planeta Faetón existió, se estaría probando que se trató de una civilización superior a la de la Tierra y que logró escapar del holocausto llegando a lugares distintos del sistema solar.

Los astrónomos rusos, Kowai y Senkavitsch, afirman que esa desintegración se produjo hace 175 millones de años, que parte de esos pequeños cuerpos celestes formaron algunas lunas, cometas y pequeños planetas que actualmente se conocen, entre ellos, las lunas Io y Titán, de Júpiter.

Los soviéticos Krinov y Savitski creen ver en las lunas de Marte, Fobos y Deimos, restos de esta explosión cósmica. Hermosa leyenda griega que encierra el mensaje de lo que sucedió hace millones de años en nuestro sistema solar.

Y varios astrónomos, a su modo de ver, ven con buenos ojos ese mensaje mitológico porque hasta bautizaron ese cuerpo celeste que existió con el nombre de Faetón.

Frank Barrios Gómez

Relación que establecieron entre los planetas y los dioses griegos