Despropósito de las primeras comuniones

Despropósito de las primeras comuniones
Vestidos carísimos que solo se usarán un rato, banquetes por todo lo alto aunque haya que pedir un crédito para pagarlos, la lista interminable de ostentosos regalos…

Una reflexión coral sobre el significado de la religión y lo religioso ahora, con la elección de un nuevo Papa en la Iglesia Católica, y siempre, cuando sean otros los acontecimientos. Una mirada sobre lo celestial y lo terrenal, los asuntos generales y particulares de los creyentes de toda fe, en la jerarquía y a pie de calle.

Cuestión de Fe – El despropósito de las primeras comuniones

Sobre lo que tienen, les sobra y les falta a las iglesias hoy y sus retos en un mundo globalizado. Cada texto es opinión respetable de cada autor.

Mayo es, tradicionalmente, el mes de las primeras comuniones. Nunca en el año como estos días se ven nuestras iglesias llenas. ¿De fieles devotos? No. Más bien de desfiles de modelos. Desde luego, de incoherencias.

Empezando por las de una Iglesia que, con tal de que le salgan a favor los números, acepta sin demasiados miramientos ni exigencias que cientos de familias no creyentes utilicen como un objeto de usar y tirar el sacramento de la eucaristía.

La Iglesia lo consiente y lo alimenta

A la vera de los familiares, preocupados por el tocado de la niña y las poses para las fotos, puede uno escuchar cómo esperan que acabe ese día para no tener que volver a pisar el templo. Como si ese día fuera la meta y no el pistoletazo de salida de una vida de fe. Y esto la Iglesia lo consiente y lo alimenta.

Es verdad que en muchas diócesis se ha aumentado el recorrido catequético que hay que seguir para poder recibir la Primera Comunión. La intención en principio es desanimar a quienes no estén del todo convencidos.

Pero mientras ésta siga siendo la excusa perfecta para montar una fiesta y vestir a nuestro niño o niña de almirante, princesita o algo peor, no será suficiente filtro.

Despilfarro, el barroquismo y la ausencia total de sentido común

En tiempos de frivolidades, muchos padres no ven un inconveniente en no profesar la fe que están haciendo abrazar a sus hijos con tal de hacer unas buenas fotos. Pero es que quienes sí son creyentes, no siempre advierten la incoherencia grave que supone convertir ese día en un monumento al despilfarro, el barroquismo y la ausencia total de sentido común.

Vestidos carísimos que solo se usarán un rato, banquetes por todo lo alto aunque haya que pedir un crédito para pagarlos, la lista interminable de ostentosos regalos… Me gustaría escuchar a los obispos y sacerdotes reclamar austeridad y sencillez en estos días.

Concurso de disfraces

Hay parroquias y colegios religiosos que ya ponen su granito de arena. Por ejemplo, haciendo que todos los niños vayan ese día con el uniforme escolar. Así no se produce el “concurso de disfraces” a que estamos acostumbrados. Y luego ya, de puertas afuera de la iglesia, allá cada cual.

También se están proponiendo ágapes comunes en los salones parroquiales para ahorrar costes y dotar de un contenido más humanizador, colectivo y sencillo la celebración de lo que no deja de ser para el niño un día de fiesta muy especial.

Compartir el pan y el vino

Compartir el pan y el vino con el Maestro Jesús de Nazaret implica asumir un compromiso vital. Seguir sus huellas de justicia, entrega, amor por los últimos, defensa de la libertad. ¿Le estamos contando esto a los niños que ese día se acercan al altar para recibir su Primera Comunión y puede que la última? No lo parece, desde luego.

Lo más curioso es que muchos católicos abominan de los ritos civiles paralelos a los distintos sacramentos que están surgiendo tímidamente en nuestra sociedad. No es mi caso.

Iglesia en la que no creen

Me parece mucho más respetuoso celebrar esos actos al margen de la Iglesia, como ritos de iniciación o paso a lo largo del proceso vital de cualquier ser humano, que hacerlo en el seno de una Iglesia en la que no creen, a costa de frivolizar y ridiculizar lo que para los creyentes es de un valor incalculable.

¿No merecería la pena recomendar desde la misma Iglesia vías laicas alternativas a quienes, salta a la vista, solo quieren hacer uso puntual de los sacramentos como plataforma de brillo social, pero ni tienen fe ni van a tenerla nunca? Sería más respetuoso para todos. Aunque luciesen menos las estadísticas nacionales de católicos.

M. Ángeles López Romero | blogs.elpais.com

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