8 de Diciembre — Día de la Purísima — Inmaculada Concepción de María Santísima

La Inmaculada Concepción

La Inmaculada Concepción pintada por Bartolomé Esteban Murillo

Cuatro son los rasgos ontológicamente genuinos de la persona humana de María: su inmaculada concepción, su maternidad divina, su virginidad concomitante y su asunción a los Cielos en cuerpo y en alma.

 

Inmaculada

María fue purísima y, por ende, inmaculada desde el primer momento de su concepción en el seno de su madre. Que fue purísima e inmaculada significa que ella no conoció en su ser personal la presencia del pecado original, ese pecado del que ninguno de los hijos de Adán es personalmente responsable, pero que todos llevamos a cuestas cuando somos concebidos y algunos de cuyos efectos arrastramos toda la vida, como es el caso de la muerte biológica y de la concupiscencia, la cual procede del pecado y al pecado inclina aun cuando ella no sea en sí pecado.

Así lo definió de una vez por todas el Papa Pio IX en la bula “Ineffabilis Deus” del 8 de diciembre de 1854. La fórmula concreta elegida por el Papa reza así: “… Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y esplendor de la Virgen Madre de Dios, para la exaltación de la fe católica y el acrecimiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles” (DH 2803).

 

Madre de Dios

Ahora bien, María, concebida sin pecado original, había sido llamada por la Providencia a ser la Madre de Dios. Por eso, entre ambas dimensiones, inmaculada y madre de Dios, se da una correlación profunda. Como dice el Prefacio de la Misa de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, [tú, Señor], “preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia ella fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

 

Virgen

En tercer lugar, si María fue inmaculada porque estaba llamada a ser la madre de Dios, ella necesariamente había de ser también virgen, y virgen antes del parto, en el parto y después del parto. En efecto, el hecho ser María madre de Cristo, segunda persona de la Santísima Trinidad, exigía el no concebir a su hijo mediante obra de varón, sino bajo la acción y la providencia del mismo Dios.

Dicho más explícitamente, ¿cómo habría sido posible que María engendrara en su seno al Verbo de Dios si este hecho hubiera sucedido con el concurso de varón. De haber ocurrido así, el hijo de María habría sido un hombre, simplemente un hombre, y, por tanto, irrelevante desde el punto de vista salvífico.? De ahí que, cuando el ángel Gabriel anuncia a María que concebirá en su seno y dará a luz a un hijo y le pondrá por nombre Jesús, y María le contesta que no entendía aquellas palabras porque ella no conocía varón, el Ángel le respondiera: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

 

Asunta a los Cielos en cuerpo y en alma

Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, fue asunta en alma y en cuerpo a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo (cf LG 59).

En efecto, ¿acaso habría podido morir como nosotros y sufrir la corrupción en el sepulcro la mujer que no conoció el pecado original ni el pecado actual? Más todavía: dada la unión íntima existente entre la Madre y el Hijo, la Virgen María no murió como nosotros, sino que, vencida la muerte, fue levantada en cuerpo y en alma a la suprema gloria del Cielo en donde estaba destinada a brillar como Reina a la derecha de su propio Hijo. Tal es la verdad dogmática definida “ex cathedra” por el Papa Pio XII en la constitución apostólica “Munificentissimus Deus” de 1 de noviembre de 1950.

Ella, ya en el cielo, nos precede a nosotros, sus hijos, que peregrinamos todavía en este valle de lágrimas. Pues bien, también María pasó por este mundo guiada por la fe, y por una fe que le costó grandes esfuerzos y dolores. Aunque siempre estuvo profundamente unida a Cristo y jamás conoció clase alguna de pecado, María no gozó de la visión beatífica durante el tiempo que estuvo en el mundo. A ella le costaba creer, y su fe en Dios fue siempre una fe sudada, como lo es, aunque de forma diversa, también la nuestra.

En el Año de la Fe caminemos hacia el Padre tras las huellas de María, creyendo y viviendo como ella.

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