8 de Diciembre — Día de la Purísima

Inmaculada Concepción de María Santísima

Inmaculada Concepción de María Santísima

Cuatro son los rasgos ontológicamente genuinos de la persona humana de María: su inmaculada concepción, su maternidad divina, su virginidad concomitante y su asunción a los Cielos en cuerpo y en alma.

Inmaculada

María fue purísima y, por ende, inmaculada desde el primer momento de su concepción en el seno de su madre. Que fue purísima e inmaculada significa que ella no conoció en su ser personal la presencia del pecado original, ese pecado del que ninguno de los hijos de Adán es personalmente responsable, pero que todos llevamos a cuestas cuando somos concebidos y algunos de cuyos efectos arrastramos toda la vida, como es el caso de la muerte biológica y de la concupiscencia, la cual procede del pecado y al pecado inclina aun cuando ella no sea en sí pecado.

Así lo definió de una vez por todas el Papa Pio IX en la bula “Ineffabilis Deus” del 8 de diciembre de 1854. La fórmula concreta elegida por el Papa reza así:

“… Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para gloria y esplendor de la Virgen Madre de Dios, para la exaltación de la fe católica y el acrecimiento de la religión cristiana, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra propia, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles” (DH 2803).

Madre de Dios

Ahora bien, María, concebida sin pecado original, había sido llamada por la Providencia a ser la Madre de Dios. Por eso, entre ambas dimensiones, inmaculada y madre de Dios, se da una correlación profunda.

Como dice el Prefacio de la Misa de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, [tú, Señor], “preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia ella fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

Publicada en Costumbres y Tradiciones
Tags Iglesia Católica, Virgenes