La ciudad de los espíritus
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Cátedral de Málaga
Málaga, España 29 de Octubre – No hay casa antigua ni gruta inexplorada que se precie sin su correspondiente fantasma, y Málaga no podía ser menos.
En la era de las telecomunicaciones y las células madre, cuando parece que apenas queda sabiduría por delante de la que proveerse, asuntos como el esoterismo y la nigromancia no sólo no se extinguen sino que ganan adeptos, merced a ofertas televisivas y una transformación necesaria para el siglo XXI: si en los años 80, durante el último gran repunte del ocultismo, perduraban los aspectos románticos de las almas en pena y las criaturas desconocidas (signo, al fin, de una época que llegaba irremediablemente a su término), ahora, en el reino de la postmodernidad, el estudio y análisis de los fenómenos paranormales se ajusta a los cánones del periodismo de investigación y su consecuente efecto divulgativo, además de los procedimientos científicos y técnicos más escrupulosos.
El género fantasmal, si así puede considerarse, ha sabido así renovarse en pleno dominio de los incrédulos; a nivel provincial, el último hallazgo lo constituye el libro del escritor Enrique del Pino Casas encantadas y sucesos extraordinarios en Málaga, que acaba de publicar Almuzara.
Prueba del interés que despiertan estos temas es que esta obra llega sólo pocas semanas después de la publicación del volumen Málaga insólita a cargo del periodista José Manuel Frías, colaborador de Cuarto milenio y otros programas de radio y televisión y que Del Pino cita como fuente y referencia en su obra. Frías daba cuenta en su trabajo de leyendas vigentes en la provincia sobre espíritus, apariciones marianas, avistamientos de ovnis y extraterrestres, hallazgos arqueológicos misteriosos y otras circunstancias inexplicables. Del Pino se detiene con más interés en las casas encantadas, aunque introduce comentarios a otros relatos populares de tipo festivo como el del cipote de Archidona y el de la procesión de Jesús El Rico a cargo de un grupo de presos en tiempos de Carlos III, en virtud de la cual y el mismo titular libera desde entonces a un condenado en Semana Santa. El autor, no obstante, relata todos los episodios en un tono coloquial, confiriendo prioridad al elemento narrativo y relajando cualquier posible aspecto científico. Un poco a la manera antigua del enseñar deleitando y sin conceder a la materia, lúdica en su naturaleza, más gravedad de la que corresponde.
Se aparecen así en las páginas del libro el fantasma suizo de la Cueva del Tesoro, el que corresponde a Antonio de la Nari, un alpino hosco y solitario de aspecto eremítico que se apostó en el siglo XIX en la gruta, llamada entonces del Higuerón, en busca del tesoro que según la leyenda se ocultaba en el fondo de la formación rocosa (una nueva búsqueda, ya en el siglo XX, propició el hallazgo del altar fenicio de Noctiluca). De la Nari prolongó su búsqueda durante treinta años hasta que un día uno de los barrenos que manejaba le estalló en la mano y murió sepultado. A partir de aquel suceso, la Cueva del Higuerón pasó a llamarse del Suizo, y el tan paciente probador de fortunas pasó a habitarla de manera perenne en forma de espectro, con múltiples testimonios que dan veracidad a este relato.
Otro clásico decisivo es el cortijo Jurado, en la carretera de Campanillas. Del Pino hace referencia a su aspecto tétrico, comparable al de la casa de Anthony Perkins en Psicosis, que parece invocar a gritos la presencia de fantasmas en el interior de la mansión. El autor repasa las distintas referencias espectrales vinculadas a la casa y recuerda entre ellas el caso de un grupo de teatro que se plantó en la misma con una ouija y un equipo cinematográfico. Su intención era celebrar una sesión de espiritismo con el fin de rodar unas secuencias para una película de terror, y al parecer los venturosos lograron establecer contacto con una tal Elena, quien indicó en el tablero que se hallaba enterrada en el patio de la casa a cuatro metros de profundidad.
La misma Elena les confirmó que vagaba en pena por el cortijo junto a otras almas desdichadas que, como ella, habían sido víctimas de un espantoso crimen. Para acrecentar la leyenda, los protagonistas, que aseguraron haber registrado toda la sesión y haber culminado un rodaje muy accidentado, con graves caídas de por medio, comprobaron desolados cómo al disponerse a recuperar el material grabado el disco duro del ordenador aparecía dañado e irremediablemente inútil. Elena y los suyos se deslizan solemnes por esta colección que propone Del Pino junto a otros fantasmas, como el del señor feudal que en la Edad Media aterrorizó con sus crímenes a la población de Cortes de la Frontera, en la Serranía de Ronda, y terminó pagándolo caro por obra y gracia de un probo abad.
Se narran igualmente los macabros acontecimientos en la Casa de las Siete Cabezas en el siglo XVII, el suicidio al que se vio abocada en el Arriate medieval una doncella que aún se aparece por las noches entre los árboles, la historia del fantasma que habita la bodega de El Pimpi y gusta de las tertulias literarias y el caso de una oficina instalada en un inmueble próximo a la Catedral en el que cierto día de 1991 los objetos la emprendieron a golpes con los empleados. Como una prolongación del Romanticismo, Málaga parece no morirse nunca.
Vía Málaga Hoy | Pablo Bujalance
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